Jue 07 de diciembre de 2017 Curiosidades

Las crisis alimentarias y el fin de la era de los alimentos baratos

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El Programa Mundial de Alimentos (PMA) de Naciones Unidas denunció en septiembre de 2009 que el número de personas hambrientas en el mundo había superado, por primera vez en la historia, los 1.000 millones.

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Las crisis alimentarias y el fin de la era de los alimentos baratos

El Programa Mundial de Alimentos (PMA) de Naciones Unidas denunció en septiembre de 2009 que el número de personas hambrientas en el mundo había superado, por primera vez en la historia, los 1.000 millones. La nota de prensa no podía ser más categórica: There are more hungry people in the world today than ever before.1 Por aquellos años los precios internacionales de los principales alimentos se dispararon.2 Ese aumento puso en jaque la seguridad alimentaria de millones de personas. Desde finales del 2007 hasta mediados del 2008 se produjeron las llamadas revueltas del hambre en más de 30 países. Los disturbios volvieron poco después en el verano del 2010 en algunos países africanos. Según la Conferencia de Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD), 3 la principal causa del alza mundial de los precios de los alimentos se encuentra en la especulación de los mercados financieros de futuros. Desde marzo de 2009, los precios de los alimentos que se comercian en esos mercados siguen una evolución y un comportamiento similar al de muchos activos financieros. Esa correlación tan estrecha solo se puede explicar por el hecho de que la financiarización ha terminado por tomar el control de los mercados de las materias primas alimenticias. La recesión de la economía mundial provocó un ligero reajuste en los precios, de manera que estos empezaron a disminuir ligeramente a partir del año 2012 mejorando la suerte de varios cientos de millones de hambrientos. No obstante esa disminución, los precios se han seguido manteniendo altos en relación con las décadas pasadas, abriendo el interrogante de si no nos encontraremos ante el fin de la era de los alimentos baratos. La noticia hoy es que el hambre repunta. En 2015, la FAO consideraba que en el planeta había 777 millones de subalimentados. En septiembre pasado anunció que esa cifra se elevó a 815 millones de personas en el año 2016 y que la tendencia va en alza para el año en curso. Representan el 11% de la población mundial, más de 17 veces la población de España, más que la población latinoamericana y tanta como la suma de los habitantes de la Unión Europea y EEUU. Una famélica legión de desheredados en medio la abundancia, porque la verdadera tragedia de nuestros días es que persista el hambre cuando la producción anual de alimentos permitiría alimentar a casi el doble de la población mundial actual. El hambre no es resultado de la falta de alimentos sino de cómo se encuentran repartidos. La desigualdad en el acceso a los alimentos es lo que determina el hambre en el mundo.

Factores de las crisis alimentarias

Es la pobreza lo que hace vulnerable a la gente frente al riesgo de una alimentación insuficiente e inadecuada. Más del 80% de la renta de una familia pobre en los países del Sur se destina a la alimentación, por lo que un alza en los precios o una merma inesperada en sus ingresos traen como consecuencia que todos o algunos de sus miembros padezcan malnutrición. Aparte de la especulación criminal de quien se enriquece provocando hambre, que como se ha visto representa un elemento fundamental en el alza de los precios de la última década, existen otros factores que suelen estar detrás de una crisis alimentaria. En primer lugar, los conflictos armados atentan contra la seguridad alimentaria de las poblaciones afectadas y este deterioro contribuye, a su vez, al agravamiento del propio conflicto en un terrible círculo vicioso. Se ha señalado anteriormente que la FAO anuncia el riesgo de un punto de inflexión en la evolución del hambre. Uno de los factores clave que explica esta aparente inversión de la tendencia a largo plazo a la disminución del hambre en el mundo es el recrudecimiento de los conflictos armados. Desde el año 2010 han aumentado drásticamente. Es preciso prestar atención a este nexo entre conflictos violentos y hambre: de los 815 millones de hambrientos que hay en el mundo, el 60% (489 millones) vive en paí- ses en guerra o con graves conflictos violentos.4 Los niveles más elevados de inseguridad y desnutrición se encuentran en esos países: «de los 19 países con crisis prolongadas, todos han sufrido alguna forma de conflicto de características, duración e intensidad diversas entre 1996 y 2015».5 Pero no solo se asiste a un incremento de los conflictos armados, también a un cambio en su naturaleza. Las guerras civiles o conflictos internos han superado el número de conflictos interestatales. Ahora son predominantemente internos y, en muchos casos, protagonizados principalmente por grupos armados que no son el gobierno ni el Estado. La guerra y la violencia que desatan estos conflictos devastan los medios de vida personales y comunitarios, destruyen las infraestructuras y acaban con las instituciones locales, debilitando la gobernanza. No solo provocan un aumento de la mortalidad, también un considerable número de refugiados y desplazados internos. En estas condiciones, se incrementa la vulnerabilidad de las poblaciones y el riesgo de sufrir el flagelo del hambre. En segundo lugar, estos conflictos se ven agravados por perturbaciones relacionadas con el clima. La inseguridad alimentaria y la desnutrición tienden a amplificarse cuando desastres como las sequías o las inundaciones se suman a las consecuencias de los conflictos. Durante los últimos años, las graves crisis alimentarias sufridas en Siria, Sudán del Sur, Somalia o Yemen han respondido a la combinación de conflictos armados con factores climáticos. Con el cambio climático aumentará la concurrencia de estos factores. El incremento, en frecuencia e intensidad, de los desastres naturales relacionados con el clima no solo compromete directamente las cosechas y los medios de vida de los campesinos, también contribuye a alimentar la espiral que conduce al conflicto y a las crisis alimentarias prolongadas. 

La pérdida de campesinado y de soberanía alimentaria

Pero si hay un factor que compromete de verdad la seguridad alimentaria mundial es la destrucción y desaparición del campesinado, que cultiva solo un tercio de la tierra, pero produce el 80% de los alimentos. El sector campesino de entidad familiar y comunitaria, que hasta hace poco implicaba a casi la mitad de la población mundial con una práctica agraria fuertemente arraigada en conocimientos ecológicos tradicionales, se está viendo desplazado en favor de un modelo agroindustrial globalizado. 

La expulsión del campesinado de la producción de alimentos empieza cuando se deja de considerar la alimentación como un derecho para contemplarla como un gran negocio. Es en ese momento cuando el agribusiness pasa a tomar el control de las diferentes fases y eslabones del sistema alimentario mundial. Y lo hace, particularmente, mediante el control de las semillas y la tierra, imponiendo a partir de ahí un sistema de producción de alimentos basado la explotación intensiva de monocultivos orientados a la exportación con el empleo de semillas híbridas, fertilizantes químicos y un uso abundante de agua y petróleo. Los Planes de Ajuste Estructural, implantados en la mayor parte del Tercer Mundo por el FMI y el BM con motivo de la crisis de la deuda de los años ochenta del siglo pasado, han arruinado a un gran porcentaje de campesinos al abandonarlos a su suerte frente a los mercados globales dominados por la agroindustria del Primer Mundo. Esas políticas de ajuste se han acompañado de intensos procesos de liberalización comercial, auspiciados desde los organismos internacionales (primero el GATT, luego la OMC), que al imponer unos estándares uniformes en la siembra, venta o intercambio de semillas han traído como resultado una pérdida irreversible de biodiversidad. Estas regulaciones internacionales del comercio provocan enormes dificultades para que el pequeño campesinado pueda resembrar y comercializar su propia simiente, encadenándolos de este modo a las grandes transnacionales que controlan las semillas certificadas. Esta pérdida del control del campesinado sobre las semillas supone un menoscabo considerable de la soberanía alimentaria de pueblos y naciones en la medida en que se incrementa la dependencia del capital transnacional. Y significa también estar en peores condiciones para afrontar los efectos que el cambio climático provocará sobre la agricultura, pues las variedades más resistentes al calor, a las sequías, a ciertas plagas y a las condiciones ambientales más extremas son las que se han ido perdiendo en el transcurso de ese proceso uniformador que ha impulsado la liberalización comercial y la integración productiva agroindustrial. La pérdida de diversidad en las semillas incrementa nuestra vulnerabilidad en la misma medida en que disminuye nuestra capacidad de adaptación a los fenómenos meteorológicos extremos que empiezan a ser la norma con el cambio climático. Gracias a la liberalización de las transacciones internacionales, estamos asistiendo también desde tiempos recientes a un fenómeno conocido como acaparamiento de tierras. Países ricos del Golfo Pérsico, economías emergentes densamente pobladas de Asia (como China, India o Corea del Sur) y muchas corporaciones y entidades financieras, se han lanzado al arrendamiento y compra de enormes extensiones de territorio en regiones de África y América Latina. Puede que detrás de este acaparamiento se encuentren múltiples motivos. Para los países, el objetivo de asegurar suministros regulares de alimentos ante escenarios futuros de inseguridad alimentaria. Para las corporaciones e inversores, estas operaciones de compra y arrendamiento seguramente representan una atractiva alternativa de inversión ante la expectativa de que los precios de las tierras cultivables y de los alimentos se eleven en el largo plazo. Resulta particularmente inquietante la vinculación del acaparamiento de tierras con las prácticas especulativas de las finanzas, porque cuando el capital financiero realiza una compra de tierras de cultivo a través de diversos instrumentos de alto riesgo en absoluto está preocupado por la escasez o el aumento de los precios que pueden ocasionar crisis alimentarias, más bien al contrario, da la bienvenida a esa escasez, vive de ella y espera que continúe, pues mientras siga aumentando el precio de la tierra en todo el mundo, ese acaparamiento se convierte en una inversión relativamente segura y rentable en la turbulenta economía globalizada actual.6 Las compras internacionales de tierra significan también la integración de la agricultura a un modelo de explotación industrial flexible capaz de producir, alternativamente, alimentos para las personas o forraje para la ganadería, agrocombustibles para los vehículos de motor o fibras para la industria textil. Todo dependerá de las expectativas de rentabilidad que se abran con los diferentes usos que puedan dar a la tierra. Esto revela la amplitud de sectores y agentes que hoy están interesados en el control y la propiedad de la tierra. Esta deja de ser contemplada como hogar que alberga a comunidades y culturas campesinas ocupadas en el cultivo de alimentos para ser vista simplemente como un factor económico por el que pugnan las diferentes potencias económicas (países y corporaciones) tanto de las finanzas como de sectores energéticos, extractivos o biotecnológicos. Y no solo implica la destrucción de comunidades y la expulsión de sus pobladores, también supone la sustracción de porciones de biosfera cuando la tierra es destinada a plantaciones de cultivo industrial o su conversión en tierras muertas cuando se dedica a la minería u otras actividades extractivas.

Despilfarro, deterioro ecológico y de la salud de las personas 

El rasgo más significativo de la alimentación contemporánea es que viene mediada por un complejo tecnoindustrial global del que se desprenden, al menos, tres asuntos claves para el presente y futuro alimentario de la humanidad. En primer lugar, se trata de un modelo intensamente despilfarrador; en segundo lugar, y debido en buena parte a lo anterior, es ecológicamente insostenible; y, por último, lejos de contribuir al bienestar de la humanidad divide a la población en dos tipos de malnutridos: unos por defecto, otros por exceso.

Empecemos por lo último: el porcentaje de la población mundial afectada por desnutrición y obesidad mórbida viene a ser el mismo.7 Y mientas que el hambre persiste afectando al 11% de la humanidad, el 30% de la producción de alimentos se echa a perder en las fases posteriores al momento de la cosecha. Solo con lo que los europeos tiramos a la basura se alimentarían 200 millones de personas en el mundo.8 Hay otra faceta del despilfarro de la que menos se habla: la alimentación contemporánea es altamente consuntiva de agua y recursos fósiles, requiriendo la misma energía que es capaz de generar. De ahí que el fin de la era del petróleo barato conlleve irremisiblemente el fin de la era de los alimentos baratos. En un inminente escenario de baja disponibilidad energética para fabricar y transportar la maquinaria, los pesticidas y los fertilizantes que requiere el actual modelo agroindustrial, el actual sistema de producción de alimentos colapsará. No hay soluciones mágicas para un planeta que está llamado a albergar próximamente a más de 10.000 millones de moradores, pero sí salidas razonables que pasan por lograr que el campesinado vuelva a alimentar a la humanidad.

Santiago Álvarez Cantalapiedra

Fuente: Revista Papeles

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