Jue 05 de abril de 2018 Opinión

El drama de los que buscan refugio

Miles de migrantes tocan las puertas de España

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Más de 22 mil personas llegaron desde África a las costas de la Península Ibérica en el último año. La cantidad de migrantes que entraron por el mar Mediterráneo al país se triplicó y el sistema estatal está colapsado. Diversas asociaciones denuncian la violación de derechos humanos de lxs recién llegadxs y reclaman vías de acceso seguras para evitar más muertes. Solo en 2017, 3 mil personas murieron tratando de alcanzar las costas europeas. La falta de humanidad de los gobiernos europeos se plasma en los cuerpos de quienes buscan su sueño en ese continente.

Por Lucía Maina | La tinta | 

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Miles de migrantes tocan las puertas de España

“Los indios masacrados, el mundo musulmán vaciado de sí mismo, el mundo chino mancillado y desnaturalizado durante todo un siglo; el mundo negro desacreditado; voces inmensas apagadas para siempre; hogares esparcidos al viento; toda esta chapucería, todo este despilfarro, la humanidad reducida al monólogo, ¿y creen ustedes que todo esto no se paga? La verdad es que en esta política está inscrita la pérdida de Europa misma y que Europa, si no toma precauciones, perecerá por el vacío que creó alrededor de ella“, escribía en 1950 el poeta martiniqués Aimé Césaire en su “Discurso sobre el Colonialismo”. Casi 70 años después, el continente europeo ve sus fronteras desbordarse, y ahora es España el país al que le toca afrontar una de las mayores crisis de inmigración de las últimas décadas.

Sólo en 2017, más de 22 mil migrantes entraron por vía marítima al estado español, número que triplica las cifras del año anterior, según denuncia un informe de la Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía (APDHA). Este crecimiento se da al mismo tiempo que se registra un descenso muy significativo del resto de rutas hacia Europa. Y la tendencia continúa: los datos de la Comisión Europea indican que en lo que va de 2018, ya son 3.800 las personas que llegaron a la Península Ibérica en estas condiciones, la mayoría marroquíes, guineanos y malienses.

“Estamos casi llegando a la cifra de 2006, 2007, que es cuando fue el gran boom. No para de llegar gente: es un desbordamiento total”, explica Nuria Vila Mumbru, coordinadora del equipo de acogida de la Fundación Cepaim en Barcelona, que trabaja por la inclusión de las personas migrantes. Y agrega:

“Hace tres años casi no venía nadie porque había un sistema férreo de frontera, donde ha habido asesinatos de la Guardia Civil a marroquíes y han pasado muchas atrocidades, pero ahora mismo no pueden hacer frente”.

Son miles. Y también son ninguno.

Lxs africanxs que llegan a Europa o mueren en el intento, los nadies del nuevo siglo, son sinónimo de cifras, víctimas o delincuentes, pero pocas veces personas con familias, sentido del humor, miradas, sueños. Las razones para este silenciamiento y discriminación están atadas al colonialismo que fue y aún es, pero también a lo intolerable que resulta aceptar la realidad que desde hace años toca a las puertas de un continente que se declara ejemplar y no ofrece más soluciones que el cierre y la militarización de sus fronteras.


El año pasado más de 3 mil personas murieron en el mar Mediterráneo tratando de alcanzar las costas europeas, según los datos de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM): una, dos, tres, cientos de miradas ahogadas en la búsqueda de un futuro que gran parte de la sociedad blanca prefiere esquivar.

La precariedad de las embarcaciones con las que lxs migrantes se ven obligados a navegar durante días y hasta meses es uno de los mayores motivos de estas muertes. Desde la APDHA destacan que el último año en España se vio especialmente la recuperación de las antiguas pateras de madera como forma de acceso al país. “El empleo de estos métodos pone en serio riesgo la vida de las personas que no tienen opciones reales de viajar de manera segura por las restricciones de las políticas migratorias”, expresan desde la asociación que exige al estado vías seguras para acceder al país.

En este sentido, Nuria cuenta:

“Como es muy difícil saltar las vallas, mucha de la gente que está llegando últimamente entra por patera en Melilla y Ceuta, dándole toda la vuelta. Eso genera muchísima muerte, hay mucha gente que no llega. Y si las autoridades, por ejemplo, te ven que te estás por ahogar y tú no entras en la costa por tu propio pie no te ayudan. Luego, una vez que has puesto un pie ya tienen que acogerte temporalmente y mandarte a la península”.

La llegada de niños, niñas y jóvenes es otra de las situaciones preocupantes en España, que ha crecido más de un 66%. “En los últimos años había una media de 300, 400 menores extranjeros no acompañados que estaban entrando en territorio español. El año pasado solo a la ciudad de Barcelona llegaron 1400 menores identificados, la gran mayoría marroquíes. Entonces ha habido una falta total de educadores, de repente se tuvieron que habilitar 1000 plazas de acogidas, poner programas para ello. El sistema está más que colapsado”, subraya la coordinadora de Cepaim.

 

El origen y el destino

Más allá de las causas históricas de la migración hacia Europa, este nuevo crecimiento en las fronteras españolas está atravesado por muchos factores, entre ellos los cambios y restricciones en otras vías de acceso hacia el continente. Aunque sigue siendo la principal ruta de llegada, en el Mediterráneo Central ha bajado la cantidad de migrantes por “el aumento de la represión, la persecución de las ONG y la situación infernal en Libia” explica el informe de la asociación andaluza, e indica que ante ello las personas han buscado vías alternativas en el entorno del Estrecho de Gibraltar.

A esto se suma la situación de muchos países africanos: la pobreza y los conflictos armados hace que muchas personas solo vean un futuro posible en la emigración, a pesar de todos los riesgos que el camino y la llegada implican. Un movimiento que la represión y el cierre de fronteras no puede detener. Sin embargo, los países europeos insisten con políticas migratorias que intentan paralizar estos flujos, aunque sea provocando graves violaciones de los derechos humanos, tal como denuncia APDHA.

La mayoría de las personas que llegan a España vienen del África Subsahariana, pero si se considera por países, Marruecos es el principal origen, además de ser el territorio que muchos atraviesan desde el Sur para llegar al Mediterráneo. Desde las fundaciones y asociaciones destacan que los conflictos actuales en territorio marroquí son una de las explicaciones del aumento de las migraciones en esta zona, donde habría también menos controles en sus fronteras. “Son muchas cosas las que confluyen –señala Nuria-. El resultado es que ha llegado muchísima gente y que el sistema se ha desbordado”.

 

“La acogida”

Normalmente, cuando lxs migrantes llegan a costas españolas, pasan por comisarías, se lxs identifica, se les hace un juicio rápido por haber entrado por un paso no habilitado y se emite una orden de devolución. Hasta que ésta se hace efectiva, las personas van a parar a un Centro de Internamiento para Extranjeros (CIE), espacios que cientos de organizaciones y asociaciones españolas cuestionan desde hace años por el racismo institucional que supone la política migratoria basada en el encierro y la deportación. Luego, según el convenio que exista con el país de origen, se hace la devolución o, cuando esto no es posible, se los libera.

“Desde 2006 hay ciertas entidades que trabajan con el Ministerio de Migración para que la gente que es liberada no quede en situación de calle y se habilitan espacios de acogida para hacer de puente entre estas personas y sus contactos o familiares aquí en España”, explica Nuria, aunque destaca que muchas veces se saltan este procedimiento y siempre es complicado porque hay un problema de saturación. Ahora, cuenta, con la cantidad de gente que está llegando a las costas, a muchxs ni siquiera llegan a identificarlxs.

“Aquí por ejemplo en Barcelona acaba de venir un chico que llegó en una patera a Motril, y ni siquiera Salvamento Marítimo los ha visto. Eran un grupo de 15 o 20 personas y un cuerpo de seguridad los frenó ya en costa corriendo; llamaron a comisaría y les dijeron que los dejen ir, porque no tenían tiempo ni lugar donde tenerlos. También nos encontramos con gente que tras ser identificados, no pueden ni pasar por los CIEs porque no hay sitio”.

Así fue como se llegó a la situación que se vivió a fines del año pasado en Andalucía, donde casi 600 migrantes recién llegados en pateras a las costas del sur fueron recluidos en la cárcel malagueña de Archidona, un centro penitenciario para presos comunes que ni siquiera había sido inaugurado. La situación tuvo una enorme repercusión y se ha vuelto la cara más visible del desborde que atraviesa al gobierno español y de la violación de derechos que se llega a cometer con las miles de personas que llegan al país semana a semana.

Ante ello, cientos de españolxs se movilizaron para reclamar por la situación de Archidona y solidarizarse con lxs migrantes. Una de ellas fue Feliciana Mora, una activista de más de 70 años que participa, entre otros espacios, del Sindicato Andaluz de Trabajadores. “Los trajeron a una cárcel de la Provincia de Málaga que estaba sin inaugurar si quiera, con lo cual no contaban con comedores terminados, ni con agua caliente”, dice Feliciana. Y cuenta que cuando se enteraron que hacía tres semanas que estas personas estaban dentro de la cárcel con la misma ropa que traían en la patera en pleno invierno, organizaron una colecta y les llevaron ropa para abrigarse.

“Ha sido muy duro…hemos pasado allí muchas horas, y cuando pasaban los autobuses que iban con ellos cargados y se los llevaban deportados desde la cárcel, intentábamos pararlos. Ha habido personas jóvenes que se han llegado incluso a tirar delante del autobús y policías tirándolos de los pies y arrastrándolos por la carretera. Ha habido momentos de mucha tensión y mucha impotencia, porque veías el autobús llenos de chavales tan jóvenes, llenos de vida, y sin perspectiva, y no podías hacer nada”, dice Feliciana entre lágrimas. 

“Ellos acababan de llegar de África. Y ver que han dejado sus ahorros, que han corrido ese riesgo cruzando el charco y que en nada de días son metidos en una cárcel y cuando salen de ella es para volverlos a poner otra vez en el infierno del que están intentando huir, es dolorosísimo”, agrega, y recuerda las sonrisas y gestos de afecto que lxs jóvenes les devolvían desde las ventanillas por el apoyo recibido.

En este contraste de inhumanidad ejercida por los gobiernos y de solidaridad de mujeres y hombres que intentan construir otra sociedad europea, las palabras de Cesaire, quien además de poeta fue un defensor de la negritud y las raíces africanas, se vuelven actuales una vez más: “No, en la balanza del conocimiento, el peso de todos los museos del mundo nunca pesará tanto como un destello de simpatía humana”.

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