Mié 13 de junio de 2018 Conocer Más

Ramadán "desvela" a Lavapiés y Tetuán

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Cuando cae el sol, las mezquitas cambian las oraciones por platos de comida.

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Ramadán "desvela" a Lavapiés y Tetuán

Cae la noche en Madrid y empieza el Maghrib. La jornada de ayuno finaliza para los 300.000 musulmanes que habitan en la región y que viven estos días su mes más especial: Ramadán, el mes bendito, que este año se celebra entre el 17 de mayo y el 14 de junio.

Lavapiés y Tetuán, dos de los barrios con más población musulmana, se «desvelan» entonces, como en una suerte de resurrección para los locales árabes del barrio. Un contraste con lo que sucede los demás meses del año: en este periodo, la vida empieza cuando la luna asoma en el cielo.

Pasear por la calle de Anastasio Herrero y la de San Germán supone un claro contraste con respecto al resto de zonas de Tetuán. Locutorio Marrakech, carnicería Tánger y Bazar Rajae son tres de las tiendas que hay en ellas y que indican la cultura que impera en el lugar. Dentro del bazar una mujer se prueba una túnica y un hombre regatea por una «taquiah». El dueño llegó hace 13 años de Tánger. «Estos días las ventas se resienten un poco», afirma. Según los vecinos, es una de las pocas tiendas que están abiertas durante las horas diurnas: «Se nota que están en su mes sagrado. Hay menos vida por las calles», cuenta una de las residentes en San Germán.

Los locales reviven pasadas las 21.30 horas, cuando el sol se pone y pueden romper el ayuno de la jornada. «A esa hora termina el rezo y salen de la mezquita», continúa la mujer.

No es raro que las tiendas se hayan decidido por esta ubicación. A su lado está la Mezquita Central, la más antigua de la capital. Conocida también como Abu-Bakr, destaca por su gran cúpula de inspiración otomana.

«Nuestro barrio»

Las luces en casa de Hasna Afif, muy próxima a la mezquita, se encienden cuando el reloj aún no marca las 05.00 horas de la madrugada. Es marroquí, tiene apenas 30 años y lleva seis meses en España. Durante el Ramadán, como en una especie de ritual, Hasna come a la hora que marca el inicio de la noche, cuando cae el sol, y, luego, a las 05.00 de la madrugada. «A las 04.55 me levanto para el primer rezo del día, el Fajr, y aprovecho para comer», balbucea con su escueto conocimiento de español. Para explicarse, Hasna tiene que recurrir al francés. «El Ramadán es el mes más bonito del año. Es el mes en que más cosas hacemos para que Dios esté contento con nosotros», cuenta en el idioma galo.

El culto se traslada al centro de la ciudad. Media docena de madres esperan frente al Centro de Estudios Castilla. Kamini Bejum llegó hace nueve años de Bangladesh. «El ayuno ayuda a adelgazar», bromea la mujer. «Este ya es nuestro barrio, nuestra casa», afirma.

En Lavapiés sobresalen las tiendas de cuero, pero las mezquitas pasan desapercibidas, aunque hay más número que iglesias. «Al-Huda está cerrada por reformas. Es pequeña. La grande es Baitul Mukarram», dice la mujer.

En ella se juntan, a diario, 500 hombres. Las paredes de piedra decoran la modesta mezquita, con pequeñas estanterías en las que deposita el Corán. Mohamad Abdu Shakur es el responsable. Llegó a Madrid hace 15 años: «Aquí nadie molesta. Me gusta España», confiesa.

Tras el rezo, en la moqueta se colocan hileras de manteles de papel blancos. Los hombres, impacientes, esperan para romper el ayuno. Al mismo tiempo, otros colocan platos de plástico. En un tupper está la comida principal: un sándwich vegetal y otro de atún; en el plato, los dulces: masa frita, un dátil y sandía. En 20 minutos dan comida a 600 personas.

El momento de la cena se convierte en una ocasión para el encuentro con la familia. Pero también con los amigos y el resto de fieles. «Es de carácter gratuito. Viene incluso gente no musulmana», comenta El Mushtawi, jefe del departamento de Cultura del Centro Islámico de Madrid, antes de sentarse a la mesa.

«Se pasa hambre, sed y cansancio», pero, según él, se sienten más livianos: «La parte espiritual manda sobre la parte corpórea. Nos sentimos más cercanos a Dios».

Súplicas para Allah

El viernes es el día grande en la Mezquita de la M-30. «Acuden entre 1.500 y 2.000 personas», de todos los distritos de Madrid, explica. Falta todavía media hora para que empiece la oración del mediodía, y, a pesar de ello, la mayoría de fieles se agolpa en la entrada, bajo el alminar de 25 metros, un símbolo del templo. No quieren esperar. A las 14.15 horas se escucha la llamada a la oración. Los hombres cruzan sus piernas y portan el Corán en sus manos; otros, esperan de rodillas.

Las grandes lámparas de cristal del salón central parecen pequeñas al lado de la cantidad de gente preparada para escuchar el rezo. En el suelo, la moqueta verde ya no se ve. «No hay más Dios que Allah y Mohammad es su profeta», se lee en una de las paredes. Las grande vidrieras se reflejan en los rostros. Empieza el rezo: los 2.000 musulmanes congregados piden perdón y tratan de expiar sus pecados mediante súplicas.

No pierden la sonrisa. Son fieles a su religión, aunque el cansancio empieza a hacer mella en sus rostros. «La segunda mitad del Ramadán es la más dura», explican, impacientes por probar bocado. El Ramadán es su modo de vida: las mezquitas de la capital son ya sus templos y, en las calles, pasean como un madrileño más.

 

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