Lun 16 de julio de 2018 Conocer Más

Historia de Al-Ándalus: la convivencia de culturas durante 800 años

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La presente es una de las exposiciones reali­zadas por el Profesor Elía en el seminario “El Islam: Arte, Derecho, Economía, Filo­sofía, Historia y Teología. XV Siglos de Civilización y Cul­tura”, que tuvo lugar en Buenos Aires, en la Facultad de Dere­cho de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora, del 23/10 al 27/11 de 1996.

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Historia de Al-Ándalus: la convivencia de culturas durante 800 años

Introducción

Cuando se habla de España y el Islam, se suele hacer referencia a un concepto con claro signifi­cado religioso y a otro con contenido muy directo, de ca­rácter lingüístico. Se habla así, de España musulmana o de España árabe. Sin embargo, en términos populares, con signifi­cado antropológico físico en primer lugar, se habla de 1a España mora. La palabra caste­llana moro, viene, sin duda, del latín “maurus”, y del griego “mávros”, que significa “oscuro”, “negro”. Escritores latinos como Juvenal (60-140) y Lucano (39-65) mencionan a los mauros, también conocidos  como  númidas,  que  consti­tuían en  tiempos de Iugurta (160-104) un pueblo caracteri­zado  por su energía física y belicosidad. Recordemos a la famosa caballería númida em­pleada por los cartagineses en las guerras púnicas. La designa­ción étnica en suma, es muy antigua y al principio no tuvo el carácter peyorativo, como lo adquirió después.

Parece claro que la palabra “morisco” se forma como “berberisco”, y es un diminutivo cariñoso que más tarde se em­pleó para identificar a los his­pano-musulmanes que perma­necieron en la Península luego de la caída de Granada. Otros sinónimos son moruno, more­ría, almoraima, etc. La acepción de bereber, que es otra forma de llamar a los moros, está rela­cionada con la denominación utilizada por griegos y romanos para designar a los pueblos ex­tranjeros: bárbaros. En la anti­güedad clásica el norte de Africa era conocido como Ber­bería o país de los bereberes. El país de los mauros o mauritanos se conocía como Mauritania, que luego fue provincia romana y hoy es un estado islámico.

Los musulmanes de los siglos VII, VIII y IX aplicaron el nombre de al-Andalus a todas aquellas tierras que habían for­mado parte del reino visigodo: la Península Ibérica, la Septi­mania francesa y las Islas Balea­res. En un sentido más estricto, al-Andalus comprenderá la parte de aquellos territorios administrados por el Islam. Conforme avanzaba la con­quista cristiana, su extensión se iba reduciendo progresivamente y a partir del siglo XIII designó exclusivamente al reino nazarí de Granada. La prolongada resistencia musulmana grana­dina contra las incursiones cas­tellano-aragonesas permitirá que se fije el nombre de al-Andalus y se perpetúe en el actual de Andalucía.

El islamólogo holandés Reinhart Dozy (1820-l883), autor de la famosa obra Historia de los musulmanes de España, im­pulsó la teoría que fue apoyada por muchos historiadores mo­dernos según la cual el nombre de al-Andalus está relacionado con los Vándalos, suponiendo sin ningún fundamento, que la Bética pudo llamarse en alguna ocasión Vandalicia o Vandalu­cía.

Nosotros compartimos la opi­nión del eminente filólogo es­pañol don Joaquín Vallvé, ver­tida en su trabajo erudito La división territorial de la Es­paña musulmana. Éste dice que la expresión árabe Yazîrat al-Andalus (isla de al-Andalus)[i]es una traducción pura y simple de “isla del Atlántico” o “Atlántida”[ii]. Los textos musul­manes que dan las primeras noticias de la isla de al-Andalus y del mar de al-Andalus, se clarifican extraordinariamente si sustituimos dichas expresiones por isla de los Atlantes o Atlán­tida y por mar Atlántico. Lo mismo podemos decir del tema de Hércules y las Amazonas, cuya isla, según los comenta­ristas musulmanes de estas le­yendas grecolatinas estaba si­tuada en el Yauf al-Andalus, lo cual cabe interpretar como al norte o en el interior del Mar Atlántico.

La entrada de los musul­manes en la Península

La cuestión de cómo y por qué entraron los musulmanes en la Península Ibérica estuvo sus­tentada durante muchos siglos por mitos, leyendas y relatos históricos sumamente parciales. Gracias a la labor encomiable e imparcial de estudiosos e inves­tigadores españoles como don Américo Castro (1885-l972), Julián Ribera (1858-1934), Julio Caro Baroja (1914-1995), y Juan Goytisolo (n. en 1931), hemos podido reconstruir una historia que se creía perdida para siempre. Por ejemplo, Ri­bera ha descubierto gran canti­dad de interesante información en la crónica de Ibn Al-Qutiyya, un historiador hispano-musul­mán descendiente de los prínci­pes visigodos, cuyo nombre significa “descendiente de la Goda”. El análisis de los topo­nimios está rindiendo poco a poco información útil, y re­cientemente se ha podido de­mostrar así con casi total cer­teza que muchos de los berebe­res que llegaron a España con los árabes musulmanes eran aun cristianos y luego, más tarde, se islamizaron.

La historia de la España mu­sulmana comienza en el año 711, a finales de abril en que Tariq ibn Ziad, a la cabeza de un ejército de siete mil hombres en el que domina la etnia bere­ber de la que él forma parte (los árabes eran menos de 300), cruza el estrecho que llevará a partir de entonces su nombre, para desembarcar en la Penín­sula Ibérica. El contingente islamo-bereber hizo la travesía a bordo de la flota del conde Don Julián, el antiguo gobernador cristiano de Ceuta que se había puesto al servicio del goberna­dor musulmán de la Ifriqiiah, Musa Ibn Nusair, con sede en Qairauán (hoy Tunicia).

Ahora hay algo clave para con­tar. Por un lado, el conde Don Julián era un cristiano unitario, es decir un monoteísta puro, que adhería a las enseñanzas de los cristianos primitivos y de los llamados Padres y Doctores de la Iglesia, como Orígenes (185-254), Clemente de Alejandría (m. 215), Tertuliano (155-220) y Justino Mártir (100-165), y especialmente al obispo griego Arrio (256-336), nacido en Libia, todos ellos defensores de un acendrado monoteísmo que rechazaba la divinidad de Jesús. La doctrina de la Trinidad, re­cordemos, fue instaurada en la Iglesia Católica recién a partir del Primer Concilio de Nicea, en 325, y produjo un gran cisma entre los cristianos de oriente, partidarios del mono­teísmo, y los obispos occiden­tales liderados por Osio (257-358) que a través del llamado “pacto constantiniano” mono­polizaron desde entonces la orientación y el poder de la Iglesia. El historiador español Ignacio Olagüe explica en su obra La Revolución Islámica en Occidente, que a partir de entonces “...la doctrina trinitaria fue impuesta a hierro y fuego” por todo el norte de Africa y la Península Ibérica. Eso también explica la relativa facilidad con  que  los  musulmanes avanzaran  por  esas regiones,  y  la hospi­talidad con que fueron recibi­dos, particularmente la de los bereberes. Luego de consolidar su dominio en la Ifriqiiah (Tunicia) hacia el 670, en 701 alcanzaron el extremo occiden­tal del Magrib y en 708 entra­ron en Tánger.[iii]

Respecto a Mûsa Ibn Nusair, el historiador musulmán almohade Ibn al-Kardabûs, del siglo XII, nos dice que pertenecía a la escuela de pensamiento shi‘î. Su padre había sido Nusair al-Bakri, nacido en 640, a quien el fundador de la dinastía omeya, Mu‘awiiah ibn Abî Sufiân ha­bía conferido el mando de su guardia, pero él se negó a com­batir contra el cuarto califa, ‘Alî ibn Abî Tâlib (600-66l). Mûsa Ibn Nusair haría la alianza con el arriano conde Don Julián, señor de Tánger y Ceuta. Así, en 710 envió a su lugarteniente Tarif con 500 hombres a ocu­par el saliente sur de la Penín­sula donde la ciudad de Tarifa lleva su nombre y a la cual im­puso un pesado tributo, o sea “la tarifa”, para castigar los ex­cesos de la gobernación visi­goda contra los cristianos arria­nos de la región. Vale aquí puntualizar que la población mayoritaria de la Península ad­hería a los principios unitarios y al arrianismo. Por el contrario, la corte y el clero visigodo res­pondían a los dictados de Roma y al dogma trinitario. La oligar­quía visigoda con sede en To­ledo explotaba y oprimía hasta los más crueles extremos a sus súbditos arrianos. El profesor Olagüe en la obra ya citada, muy recomendable ciertamente, brinda pormenorizados detalles de este asunto.

Volviendo a nuestro tema ante­rior del cruce de Tariq, éste al frente de sus hombres desem­barcó en las cercanías del fa­moso peñón al que se dio su nombre: Yabal al-Tariq, “Monte de Tariq”, es decir, Gibraltar. El 19 de julio de ese mismo año, por las orillas del río Guadalete, logra una victoria decisiva sobre el rey visigodo Don Rodrigo. Un mes más tarde, su lugarteniente Mughit ar-Rumi cerca la ciudad de Córdoba. Dice Haim Zafrani en su obra Los judíos del Occi­dente Musulmán: “Durante el asedio, los judíos se encierran en sus hogares esperando im­pacientemente el desenlace. Contrariamente a lo que sien­ten por los godos y su clero, no temen en absoluto la llegada de los musulmanes en los que tienen puestas todas sus espe­ranzas, pues no olvidan que los reyes visigodos los han opri­mido despiadadamente. Sir­viéndose de estratagemas, los  judíos -según  narran los histo­riadores  musulmanes  y  cris­tianos- contribuyeron a facili­tar la entrada del ejército islá­mico a la ciudad, celebrando su victoria. Mughit los tomó a su servicio, confiándoles la guardia de la ciudad. Lo mismo ocurrió en Toledo, y en Sevilla, donde Mûsa Ibn Nusair dejó una guarnición judía para mantener el orden”.

A partir de entonces, España entra en el seno de Dar al-Is­lam, “la Casa del Islam”, y los cristianos arrianos y judíos se integran armoniosamente en el estado musulmán que se va forjando. Así, los judíos espa­ñoles, al convertirse en miem­bros de un dominio que se ex­tiende desde el Atlántico hasta la China, se reencuentran con sus hermanos de las demás co­munidades judías de Oriente y de Africa del Norte, reanu­dando sus lazos socio-culturales y económicos. Por otra parte, los cristianos unitarios españoles consolidan y reafirman su iden­tidad monoteísta junto con sus hermanos en la fe, musulmanes y judíos.

Esta explicación de los orígenes de la España musulmana, tal vez un tanto extensa para el reducido tiempo que tenemos, la creemos necesaria para con­trarrestar la historia oficial que sin fuentes ni argumentos serios afirma que España fue con­quistada a sangre y fuego por los musulmanes. Como hemos visto, la población nativa mayo­ritariamente arriana y la nume­rosa comunidad judía recibieron a los musulmanes como liberta­dores y comulgaron con su fe, costumbres y tradiciones, que eran prácticamente las mismas que ellos tenían. El pueblo íbero-romano, no se puede ha­blar de pueblo español en esa época, fue más bien cómplice que conquistado. Además, en menos de una generación, los musulmanes bereberes y árabes se integraron completamente a la población autóctona a través de múltiples matrimonios mix­tos, ya que la inmensa mayoría había llegado a España sin mu­jeres.

Como mejor prueba de lo que aseveramos, se puede decir que los musulmanes pacificaron la Península en menos de dos años y establecieron un estado islámico integrado por cristianos y judíos que llegó a durar casi ocho siglos, hasta 1492. Recor­demos que los fenicios y carta­gineses habían tratado infruc­tuosamente de sojuzgar a los béticos y celtíberos durante cuatro siglos, y los romanos durante casi seis, provocando espantosas matanzas como aquella de la heroica Numancia, la cual resistió durante 20 años su asedio y fue destruida por las legiones de Escipión Emiliano (185-129 a.C.). Los musulma­nes no destruyeron nada de lo que había, sino que reconstru­yeron las antiguas obras dejadas por los romanos, como puentes y acueductos, erigiendo una “cultura del agua”, y construye­ron monumentos maravillosos que han sobrevivido hasta nuestros días. Hoy se puede afirmar que el 80% de los quince millones de turistas que llegan anualmente a España tienen como meta principal visitar la Giralda -la torre-cam­panario que fuera el minarete de la mezquita mayor de Sevi­lla-, la Mezquita de Córdoba y el palacio-fortaleza de la Al­hambra de Granada.

Tolerancia y convivencia

     Pero más allá de las obras públicas y arquitectónicas, y los prodigios científicos y culturales de al-Andalus, lo que mejor caracteriza el legado hispano-musulmán es su espíritu de la tolerancia. Si hablamos de la tolerancia de1 Islam, no se trata de un tópico repetido con fines propagandísticos, sino de una experiencia y una realidad histó­rica irrefutable. En la llamada Edad de Oro del Islam, cuando el territorio musulmán se exten­día de España hasta la China, entre los siglos VIII y XIV, convivían en su seno en un ambiente de libertad y mutuo respeto cristianos arrianos,  nestorianos,  monofisitas  y coptos, judíos, budistas, zo­roastrianos, maniquéos e hin­duistas, cuyas creencias y tradi­ciones eran garantizadas por el Islam por el estatuto de Ahl al-Dhimma, es decir, la “Gente del Pacto”. Esto es algo que el Is­lam puso en práctica hace más de 1400 años y que Occidente a duras penas comenzó a llevarlo a cabo a mediados del siglo XX.

Y es precisamente uno de estos pactos, el firmado entre el godo Teodomiro, gobernador de Ori­huela, y ‘Abd al-‘Azîz, el hijo de Mûsa Ibn Nusair, el 5 de abril de1 año 713, el que con­forma el documento más antiguo de la historia andalusi (Ver Apéndice). En virtud de este tratado Teodomiro quedó como gobernador inamovible y Orihuela (la de Miguel Hernán­dez) fue un estado autónomo durante muchos años. Cuando los musulmanes llegaron a la Península, traían un concepto absolutamente revolucionario basado en el Corán y la Sunnah o Tradición del Profeta Muhammad, por el cual se tra­taba a los seres humanos por igual, respetando sus derechos y propiedades. El pacto entre ‘Abd al-‘Aziz y Teodomiro prueba que hace 14 siglos el Islam no sólo respetaba los de­rechos humanos, que Occidente recién descubrió hace menos de 300 años, sino que tenía códi­gos y regulaciones que las pro­pias Naciones Unidas no son capaces de aplicar a las puertas del siglo XXI. Por eso, vale remarcar aquí que ese concepto o idea sobre “el oscurantismo de la Edad Media” tan en boga en los medios de comunicación y en la lectura de los escritores posmodernos, es algo que com­pete a la historia de Occidente, pero no a la del Islam. Ponga­mos otro ejemplo muy cono­cido. Después de afirmar su posición en la Península, los musulmanes escalaron los Piri­neos y entraron en Francia. En 732, entre Tours y Poitiers, dos mil kilómetros al norte de Gi­braltar, y a 450 kilómetros de Londres y a menos de 200 de París, fue el punto más septen­trional que alcanzaron esos pre­dicadores carismáticos. En 735 entraron en Arlés y en 737 lle­garon a Aviñón, el valle del Ródano y Lyon. Y aunque en 759 se vieron obligados a reti­rarse del mediodía francés, sus cuarenta años de circulación por aquellas tierras contribuye­ron, en el Languedoc, a la insólita tolerancia de diversas creencias, la pintoresca alegría y el amor romántico y caballe­resco que desde entonces ca­racterizó a los lugareños.

 

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