Mar 12 de diciembre de 2017 Curiosidades

Sudán del Sur: "No saben que estoy viva"

1024 576
AnnurTV
AnnurTV
http://www.annurtv.com/nota/48652-curiosidades-sudan-del-sur-no-saben-que-estoy-viva.html
Sudán del Sur: "No saben que estoy viva"

Gabriela Sánchez. Sudán del Sur

Camina como si, además de estar donde está, estuviese en otro lugar. Porque este no es su lugar. El suyo significa miedo. Porque desconoce adonde fueron, si es que lograron marcharse, aquellos que le acompañaban. “Quizá mi familia tampoco sabe si estoy viva o muerta”, dice con la mirada fijada quién sabe dónde. Hace unos meses agarró a sus hijos y corrió durante tres días. Volvía a empezar. Empezaba a sobrevivir.

Ahora camina despacio, no tiene prisa, como si todo estuviese ya decidido. Porque parece que lo está.

Se llama Nyantuc Kuong, tiene 37 años y siete hijos. Vive en Sudán del Sur, un país recién nacido que poco sabe de la paz. Hace cuatro años su población estallaba en felicidad tras decidir en las urnas la ansiada independencia del norte. Con dos guerras civiles contra Sudán a sus espaldas y un periodo de aparente tranquilidad marcada por las batallas tribales, la libertad no trajo lo esperado.

El nuevo conflicto armado, surgido en diciembre de 2013, mantiene aterrorizados especialmente a los habitantes de la zona noreste del Estado. Nyantuc es solo una de los más de 1,5 millones desplazados internos, que se unen al medio millón de refugiados trasladados a los países limítrofes.

Las tensiones políticas entre el presidente y el exvicepresidente desataron un conflicto que dividió a los miembros del ejército afines a uno u otro bando. Su disputa de poder despertaron la rivalidades históricas existentes, sobre todo, entre las etnias mayoritarias: dinkas, clan del presidente; y nuers, al que pertenece su rival. Como telón de fondo se mantiene el ansia de las enormes reservas de petróleo que alberga Sudán del Sur, el tercer país con mayor producción de crudo de África Subsahariana.

"Llegaron a las dos de la mañana y prendieron fuego a la ciudad". El caos producido tras el ataque dispersó a su familia. Corrió sin dirección fija junto a sus diez hijos. Algunos de sus familiares se perdieron, pero debía continuar. A día de hoy desconoce el paradero de los parientes que ya no estaban cuando miró hacia atrás.

“Ellos tampoco sabrán que estoy viva. Quizá piensen que estoy muerta”, Nyantuc Kuong

Vivía en el estado petrolero de Unity, uno de los más afectados por el conflicto. Los ataques entre el Ejército y los rebeldes se unen a las históricas rivalidades y los saqueos de ganado surgidos entre los diferentes grupos étnicos. Y caminó, caminó en “condiciones horribles”, hasta que alcanzó una comunidad dinka en Tonj East (estado de Warrap). Ella es nuer, la supuesta etnia rival en la dinámica de odio impulsada por la nueva guerra.

A los pocos alimentos que aporta la tierra en este municipio del estado de Warrap, se une el aumento poblacional registrado desde el inicio de la guerra en diciembre de 2013. La población se desplaza de un lugar a otro, en función de los movimientos de las tropas, de los grupos rivales, de la crueldad de los ataques que describe con el terror en el estómago cada una de las personas que se atreven a contar su historia. También los que llegan a uno de los más de 100campos de refugiados esparcidos por todo el país. O los que se asientan en cualquier lugar que consideran seguro. Todos recuerdan una hora, un “hasta aquí”, un momento clave en el que tomaron la decisión: “Vamonos”.

DESPLAZADOS EN SUDÁN DEL SUR

Más de un millón y medio de personas han tenido que abandonar sus hogares y desplazarse a otros lugares dentro del país como consecuencia del conflicto

Para Arriak Muwai ese instante llegó a las cuatro de la madrugada de hace unos meses. Vivía en Pagor, un municipio cercano de Tonj East, hasta que su casa quedó calcinada tras el paso de sus atacantes. La emboscada le sobresaltó cuando dormía junto a sus hijos. Corrió con ellos. “Ellos sobrevivieron. Mis padres, sin embargo, murieron…”, relata.

Vivía en un municipio cercano a Paduel, tan solo tuvo que andar durante una hora. Tenía una dirección fija: la casa de su hermano. “Dejé todo... Ahora tengo que pedir comida, ahora tengo que pedirlo todo”, dice con la cabeza agachada, como si quisiera meterse dentro de sí misma. Se toca su vestido de flores. “Es lo único, es lo único que traje”, añade sentada junto a uno de sus hijos pequeños.

Arriak enumera cada una de las cosas que necesitaría para no depender de sus vecinos. Lo dice también con la mirada baja, pero con algo menos de reparo. “Sorgo, una mosquitera, un colchón, material para cocinar, agua, zapatos, cubos para lavarse…”. Eso es lo que pide a la comunidad internacional, cuya ayuda no está llegando a este punto remoto del mapa sursudanés.

A veces vuelve a su hogar, a ese hogar que se quedó en nada entre las llamas. Acude a su antiguo pueblo a cultivar su tierra, pero vuelve rápido.

“Tengo miedo, no me puedo quedar a dormir”, Luka Lual.

Luka Lual se acuerda de sí mismo escondido, encogido en medio de los pastos, esperando estar a salvo. Tenía trece años cuando vivió aquello que se ha quedado petrificado en sus sueños.

Ahora tiene 15, pero las pesadillas no desaparecen. Vive en Paduel, uno de los municipios que -al menos por el momento- mantiene la tranquilidad, al que llega la gente que busca seguridad. Pero él tampoco aquí la encuentra. “No me siento seguro, el enemigo puede venir aquí también”, repite una y otra vez. Mantiene el nudo en la garganta desde el día que sintió aquello de lo que escapa la gente, que vio la destrucción con sus propios ojos, esa imagen que describe con voz infantil y palabras de adulto.

Luka es dinka y tiene terror a los nuer. Desconoce que, muy cerca de aquí, a unos 50 kilómetros, otros niños se escabullen con pavor de las personas de su etnia, ya sea del Ejército, ya sea de grupos aislados. Pero este joven no olvida la noche que arraigó sus miedos.

“Venían a matar a la gente y a robar el ganado. Todo el mundo corría... Mucha gente murió”, Luka Lual.

El traje de Dobuol Both espera planchado, colgado en una de las cientos de tiendas de campaña extendidas en la base de la ONU en Juba. Ahí lo plantó después de abandonar el resto de sus cosas. Vivió el estallido de la nueva guerra en la capital, en diciembre de 2013. “Comenzó una matanza al azar y todo el mundo trató de ponerse a salvo. Tuve que dejar mi casa porque los disparos sonaban cada vez más cerca. Por eso dejé mi hogar, porque cada vez se iban acercando más, ellos sabían dónde vivía”, recuerda el sursudanés sentado bajo un pequeño árbol, con su iPad en la mano, en uno de los escasos espacios desperdigados entre lona y lona.

Hasta entonces, trabajaba para el Gobierno, como jefe de fotografía en la oficina del presidente. Él es nuer y vivía sin problema rodeado de gente de su etnia o de la “contraria”. Estaba trabajando cuando comenzaron los primeros enfrentamientos en Juba entre una parte del Ejército defensora del presidente, de etnia dinka, y aquella que apoya a al exvicepresidente, nuer. Cinco días después, el 19 de diciembre, decidió dejarlo todo y correr junto a su mujer y a sus diez hijos al campo de protección de civiles que las Naciones Unidas levantaron en la enorme explanada donde está basada.

Prefiere no detenerse en lo que vio, no quiere repetir la crueldad de los ataques que le hicieron escapar a un lugar donde estar, solo estar, hasta poder recuperar su vida.

El futuro de sus hijos perturba a Dobuol.

“En esta situación no estoy feliz por el futuro de mis hijos. Quizá a ellos les espera lo mismo que a mí. Quizá ellos en un futuro deben tomar la misma decisión que yo si no hay paz. Ellos perderán su educación. Este es otro de los mayores problemas: nosotros somos una generación perdida, la primera generación. Después, también la siguiente generación que nos sigue”.

Parece que Rebecca Kangach casi no puede sonreír

Parece que Rebecca se siente mal por sonreír. Hace unos meses tomó una decisión que ahora le atormenta. Huyó de su pueblo, situado en el estado de Unity, una de las zonas más afectadas por la guerra y el hambre. La carretera, asegura, era más peligrosa que su hogar. No quería arriesgar la vida de cuatro de sus hijos y los dejó allí. Partió hacia Juba, donde vivían sus otros tres niños. Quería comprobar que el trayecto era seguro.

La situación de la carretera nunca mejoró y el conflicto en el estado donde continúan tres de sus hijos empeoró. “Me siento desgraciada porque mis hijos siguen allí. Los combates continuos son peligrosos. Sigo buscando a alguien que se haga cargo de ellos en Unity”, reconoce mientras mueve los ojos de un lado a otro en un intento de evitar las lágrimas.

Rebecca frunce el ceño. “Echo de menos vivir en paz, la felicidad. Me gustaría que volviera todo eso”, afirma con una frase escueta, fría, brusca. No quiere seguir hablando, se le nota, pero decide añadir algo más. Y con ese algo más, sonríe.

“Lo que me hace feliz es hablar con mis hijos cuando vuelven del colegio y hablamos sobre los deberes que tienen. Eso me hace feliz, una educación para el futuro de mis hijos", Rebecca Kangach.

Worgok Malluac no ha tenido que huir por ahora, pero ha visto cada una de sus caras, ha oído sus historias, ha visto regresar a su hija horrorizada tras un ataque. Es una de las habitantes de la comunidad de acogida a donde, dice, llegan desplazados internos casi todas las semanas. Es consciente de la dificultad de conseguir comida para todos. Sabe que si vienen más personas, comerá menos. “¿Pero qué vamos a hacer si no? Están aquí. Me puede pasar a mí”.

Los desplazados encuentran en los campamentos gestionados por las Naciones Unidas una oportunidad, pero tienen muy restringidos sus movimientos, cuenta Zigor Gegic, director de Oxfam Intermón en Sudán del Sur. “Más de 100.000 desplazados internos encontraron refugio en los campos de la ONU, denominados POC. Allí al menos su vida está a salvo y están expuestos a muchos menos peligros de morir o ser secuestrados que los que están fuera. Pero en las zonas POC, no pueden mantenerse a sí mismos ni a sus familias más allá de la ayuda humanitaria que reciben. No pueden salir, ni recoger comida. No pueden plantar, casi no pueden hacer nada”.

En cambio, los que han hallado seguridad en asentamientos improvisados tienen más libertad, “pero están mucho más expuestos al conflicto”, recuerda Gegic, pueden verse en la necesidad de marchar de nuevo, de volver a padecer la guerra.

A DÓNDE LLEGAN

La mayor parte de los problemas está en el norte del país, indica Simon Mansfield, portavoz de la Oficina de Ayuda Humanitaria y Protección Civil de la Comisión Europea (ECHO) en Sudán del Sur. “Allí es donde está basada la oposición y durante años ha sido donde las luchas entre el gobierno y la oposición han tenido lugar. Aunque todo el país está afectado, directa o indirectamente”, señala.

Nyantuk comienza su día. Se desplaza al pequeño espacio de plantaciones que trabaja para la comunidad que la acoge. Sus rodillas se posan sobre la tierra bajo un calor insoportable. Después de labrar el terreno, comienza a buscar algo para poder llevarse a la boca, a la de sus hijos.

Camina, como siempre despacio, y localiza unas cuantas hierbas y hojas silvestres. Vuelve a casa con el recipiente lleno. Lleno de hierbas y hojas silvestres. Son las 14 horas y el estómago lo pide. Pero su hambre es menos impaciente, su hambre tampoco tiene prisa.

Cocina con tranquilidad, hierve los vegetales, que menguan hasta convertirse en una cuarta parte de lo que aparentaban ser. Sus hijos se reúnen alrededor del escueto plato. Y empiezan a comer. Cuando uno tiene hambre, algo dentro te empuja a comer algo más rápido. Pero tampoco aquí se percibe ansiedad. Se siente dignidad. Las cerca de diez personas que rodean el recipiente se introducen a la boca su ración del día. Se acabó.

Aproximadamente dos tercios de la población de Sudán del Sur, cerca de 7,8 millones de personas, se encuentra en situación de inseguridad alimentaria, según el último análisis de la FAO. Cerca de 3,8 pasan hambre aguda, una cifra que se espera que aumente hasta los 4,6 millones, el 40% de la población, niveles jamás experimentados con anterioridad en este país. Se estima que 248.000 niños menores de cinco años sufren de malnutrición.

HAMBRE EN SUDÁN DEL SUR

El 33% de la población no llega a los estándares mínimos de alimentación establecidos por la ONU.

La aridez del terreno unida a una temporada de lluvias intensas, la falta de acceso a los alimentos derivada del conflicto interno y la crisis provocada en gran medida por el bloqueo de las reservas petroleras que conforman la principal fuente de ingresos del Estado, entre otros factores, están disparando los precios de los productos básicos. Estos presentan marcadas diferencias entre unas regiones y otras, a lo que se une la proliferación del mercado clandestino, así como tipos de cambio diferentes en cada región, en cada momento.

“Está surgiendo una crisis económica derivada de la guerra. El dinero público se está gastando en fuerzas de seguridad para apoyar el conflicto, en lugar de gastarlo en servicios básicos. Los niveles de inflación se están disparando. Tememos que esto se convierta en un problema muy importante en la capital”, asegura el portavoz de ECHO. Los precios han subido un 150% en cuatro años, entre junio de 2011 y junio de 2015. Precisamente son los alimentos los más afectados por esta subida. El coste del pan y los cereales se ha triplicado a lo largo del mismo periodo

ESCALADA DE PRECIOS

El mercado de un pequeño pueblo situado en el municipio de Tonj East (estado de Warrap) está a rebosar. Casi inmersos en plena época de lluvias, acaba de apagarse la tormenta que escondió por unas horas a toda su población. Los caminos de arena que se han librado de las inundaciones están encharcados. Sus habitantes, la mayoría mujeres, aprovechan la relativa calma tras el cese del temporal para tratar de comprar algún producto de primera necesidad.

Aker Malouk pregunta los precios en diferentes puestos, cargada con una garrafa de leche que, a su vez, trata de vender. La joven, de 24 años, intenta salvar el día para poder dar de comer a sus tres niños. No tiene trabajo, no tiene más ingresos que este: por cada vaso que logre vender, obtendrá dos libras sursudanesas. Con ello, cuenta, podrá comprar un pequeño recipiente de azúcar o de sal. Para comprar un cubo de sorgo, un grano similar al maíz que sirve de complemento alimentario, una salvación para disminuir el hambre, cuesta 25 libras sursudanesas. Las carnes se disparan, ni se lo plantea. Hoy puede obtener un poco de maíz para acompañar los vegetales de sus hijos.

“Yo comeré hojas silvestres, no da para todos. Esto es para ellos”, Aker Malouk.

A su lado pasa Nyanror Dutbouch, quizá no se conocen pero minutos después responde exactamente igual a la misma pregunta: “Solemos comer vegetales hervidos con un poco de tamarindo. A los niños intentamos añadirle sorgo”, dice con un saco recién comprado. Tiene cinco hijos y vive con otras cuatro personas más. Al hogar no llegan ingresos fijos. Solo tiene una vaca, de la que a veces puede obtener leche que vender. “Si puedo conseguir dinero es diferente... pero los precios no ayudan”, añade antes de regresar a casa.

En este contexto de crisis humanitaria sin precedentes, la inversión requerida por las Naciones Unidas para atajarla no se alcanza, según lamenta el director de Oxfam en Sudán del Sur: "Desafortunadamente en 2015 solo hemos cubierto el 21% de las necesidades humanitarias".

La comunidad internacional ha pagado dos de cada tres euros de las ayudas humanitarias exigidas por las Naciones Unidas entre 2011 y 2015, según datos de la Oficina para la Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU (OCHA). En total, se han destinado más de 4.000 millones de dólares para Sudán del Sur, aunque las exigencias de los programas estratégicos de respuesta superaban los 6.000 millones de dólares para esos años.

La comunidad internacional ha pagado dos de cada tres euros de las ayudas humanitarias exigidas por las Naciones Unidas entre 2011 y 2015

¿LLEGA LA AYUDA INTERNACIONAL?

El nuevo conflicto interno estalló en diciembre de 2013 de las rivalidades políticas entre el presidente y el exvicepresidente del Gobierno. El primero, de etnia dinka; el segundo, nuer; los dos clanes mayoritarios.

La pertenencia de ambos líderes de la guerra civil a dos etnias con grandes tensiones históricas ha potenciado aún más las matanzas entre unos y otros grupos, esas que nunca habían llegado a desaparecer durante la corta época de paz del país más joven del mundo. Como telón de fondo, la población aún sufre las consecuencias de las dos guerras civiles que enfrentaron al norte con el sur. La segunda se alargó desde 1983 hasta 2005 y finalizó con un acuerdo de paz que, en la práctica, no solucionó los asuntos espinosos existentes entre las dos partes enfrentadas, como el reparto del petróleo o la división fronteriza.

Aunque durante la segunda guerra civil, que derivó en la independencia del sur, los diferentes grupos étnicos combatían con un objetivo común (la formación de un nuevo estado) y contra un mismo enemigo (el norte), las luchas internas ya existían. La tensión no resuelta entre las distintas etnias, los conflictos surgidos por los saqueos de ganado, unidos a la proliferación de armas tras dos décadas de conflicto construyen la base del nuevo conflicto.

Pero la situación de Sudán del Sur no se explica únicamente a través de las rivalidades políticas ni las tensiones entre los dos grupos étnicos con mayor influencia en el país. “Cada una de estas etnias tiene ambiciones distintas. Es cierto y es la realidad. Ocurren asesinatos dirigidos a grupos étnicos por las dos partes. Se ha matado a miembros de otras etnias o simpatizantes de ellas… Pero los intereses van mucho más allá”, explica Edmund Yakani, activista por los derechos humanos en su país, Sudán del Sur y director de la ONG local CEPO, contraparte de Oxfam. “Los intereses regionales se reducen a lo económico. Este país obtuvo su independencia en 2011 con increíbles recursos naturales y minerales, te los puedo enumerar: petróleo, oro, mercurio, y están todos intactos”.

EL PETRÓLEO POR DEBAJO DEL SÁHARA 

En todo este puzzle de factores interconectados, destaca el petróleo. Los principales combates se están produciendo en los estados petrolíferos del Alto Nilo y de Unidad. La mayoría de los pozos han sido bloqueados por los ataques de uno u otro bando, lo que limita la extracción del recurso que supone más del 90% de los ingresos del Estado. Sudán del Sur es el tercer productor de crudo de África Subsahariana.

EL ORO NEGRO DE SUDÁN DEL SUR

Tras la independencia de Sudán del Sur, el país más joven del mundo se quedó con el 75% de las reservas de la totalidad del antiguo territorio Sudán. Sin embargo, los oleoductos para exportar el petróleo y las refinerías se sitúan en el Norte -en el actual Sudán-. Una zona depende de la otra, pero no se lo ponen fácil. Jartum impuso unas tarifas al transporte del “oro líquido” muy superiores a lo acordado en el tratado de paz, un hecho que provocó el bloqueo por parte de Sudán del Sur de la extracción de crudo para exportar. El Gobierno de Juba anunció la decisión de “cerrar la producción” para impedir el transporte de petróleo a los mercados internacionales y la expropiación” de su petróleo por parte de Sudán.

“El crudo es codiciado a nivel regional e internacional, hay una carrera por ver quién invierte. Cuando Sudán del Sur se independizó de Sudán hubo negociaciones sobre los préstamos que había pedido el país con anterioridad, unas deudas contraídas desde el anterior estado; un dinero pedido a China principalmente. Este dinero se usó para construir infraestructuras, dinero que desafortunadamente aún debíamos a China”, explica Edmund Yakami. Esa deuda sustenta el gran interés chino en la región, y justifica su intervención en las negociaciones de paz.

El director de CEPO apunta a otros países vecinos, claves en el proceso de paz. “Uganda, Kenia, Ruanda y Tanzania, todos pertenecientes a la Comunidad de África del Este. Todos tienen los ojos puestos en nuestro país, están buscando una estrategia para la obtención de crudo”, añade el activista, quien arriesga su vida cada día por dedicarla a la defensa de los derechos humanos en un país donde la libertad de expresión es muy limitada. Edmund explica, frente a la sede de su organización en Juba, las diferentes maniobras que explican la posición de los estados limítrofes en las negociaciones de paz.

Edmund ha hecho de su vida una batalla constante en defensa de los derechos humanos. Él no lo sabía, pero su activismo se gestó cuando fue reclutado con 10 años para luchar por la independencia de Sudán del Sur.

“Fui un niño soldado hasta 2005, fui a la escuela, y después accedí a la universidad. Después me convertí en abogado por los derechos humanos, poniendo el caso de Sudán del Sur en la comunidad internacional”, Edmund.

De niño soldado a abogado, y de abogado a ejercer presión para acabar con los niños soldado.

La extrema pobreza y la violencia, que asola el país desde hace décadas, explican por qué algunos padres pueden ver el reclutamiento como una oportunidad de que sus hijos estén alimentados y protegidos. "En este país unirte al ejército se ve como algo bastante normal. Habla también de una falta de oportunidades, hay zonas donde no han tenido un colegio en su vida, algunos no veían otras posibilidades", explica Ticiana García-Tapia, especialista de Unicef en Educación en Sudán del Sur. La ONU estima que sobre 12.000 niños han sido reclutados como niños soldados por grupos armados en el país.

Muchos de los que ayer fueron niños soldado en la guerra por la independencia de Sudán del Sur son hoy desplazados internos. Las razones por las que les decían que luchaban se desvanecen en el escenario de violencia permanente. “Es mi frustración”, reconoce Edmund. Entregó parte de su infancia para conseguir algo que no trajo lo esperado. Ni siquiera cuando hubo paz.

En este país también huían en supuesta época de tranquilidad, por culpa de esos intereses sin resolver, de ese odio sin sanar.

Una parte de María ya se ha rendido. Pero una muy, muy pequeña: la que piensa en sí misma, la que sueña con mejorar su propia vida, la que imagina ver qué es eso de la paz con sus propios ojos. Aunque tiene 37 años, ha decidido que ya está, que para ella todo se acabó. No para sus hijos.

“Yo estoy acabada, nuestro tiempo se ha ido. Hemos nacido en la guerra y moriremos en la guerra. Pero ellos... No queremos que nuestros niños se enfrenten a lo mismo que nosotros”, dice María Ayok, cuya voz se eleva sobre la del resto de las mujeres de un campamento que acoge a desplazados internos de Abiey, una zona fronteriza con Sudán. Su energía flaquea al mencionarles a ellos, a sus hijos. Al imaginar que todo seguirá igual para ellos. En ese instante, sus ojos se humedecen de rabia. Se aleja del grupo, deja de hablar. Poco después, regresa y prosigue.

“Pedimos a la comunidad internacional que nos ayude. Que nos ayude a construir la vida mejor para ellos, para nuestros hijos. Que nos ayude a poder llevarles al colegio, a dejar de pasar hambre”, dice María con la energía recuperada, sentada frente a su casa de adobe levantada en un asentamiento provisional. Si hubiera que elegir las palabras más formuladas por esta mujer no sería difícil encontrarlas: colegio, educación, niños.

María vive para que ellos logren escapar del laberinto sin aparente salida en el que nació. Pero no tiene las 100 libras sursudanesas que debe pagar para que cada uno de sus niños pueda formarse. La única educación que reciben es la proporcionada por los ancianos de la comunidad, de la que María está orgullosa, pero que también le preocupa. Sabe que no será suficiente más allá del asentamiento donde vive. Sudán del Sur tiene la segunda peor tasa de escolarización del África Subsahariana, según datos del Banco Mundial para el año 2011. Solo cuatro de cada 10 niños en edad de estar en el colegio están matriculados en un centro educativo.

“La única educación que reciben es la proporcionada por los ancianos de la comunidad”, María Ayok.

Tras el asesinato de su marido, huyó junto a sus hijos de los conflictos étnicos que durante días arrasaron su ciudad en 2011, supuesta época de paz y de alegría: su país, Sudán del Sur, iba a lograr la ansiada independencia de Sudán a través de un referéndum. Pero la región petrolera donde vivía, Abiey, ubicada entre el norte y el sur, había quedado en tierra de nadie. En ese mismo año, María Ayok debería haber votado el futuro de esta zona: en 2011 debería haberse celebrado de forma simultánea un referéndum para decidir si la región formaría parte de Sudán o de Sudán del Sur. Pero los conflictos desatados entre su grupo étnico Dinka Ngok -que defiende su pertenencia al sur- y los Misseriya, fieles al gobierno del norte, derivaron en el retraso indefinido de la consulta.

“Nosotros no podemos enseñarles inglés, ni árabe. Deben saberlo para conseguir un trabajo”, María Ayok.

Los desplazamientos de población en Abyei comenzaron en mayo de ese año cuando, la ciudad fue atacada y tomada por las fuerzas armadas sudanesas. Durante una visita al terreno realizada durante esa época, Acnur constató que la ciudad, con una población habitual de entre 50.000 y 55.000 habitantes, se había quedado prácticamente vacía. Prácticamente todos sus habitantes habían huído. María era una de ellos. Y su marido, una de las personas que se quedaron por el camino.

“Mientras huíamos de Abyei, hubo una lucha entre dos grupos étnicos. Entonces, llegamos aquí (al campo de Bayar, en Wau). Mi marido fue asesinado durante los ataques de 2011, por eso nos fuimos. “Muchos niños también fueron asesinados”, añade María. “¿Qué esperanza vamos a tener? Mataron o robaron todas nuestras vacas, los pollos, las cabras. Aquí no tenemos prácticamente nada. ¿Cómo nos alimentamos?”. Las preocupaciones se acumulan cuando la mujer dinka recuerda los efectos de su huida, de una guerra constante, de una guerra existente también durante la paz.

Hablar de paz en Sudán del Sur suele acarrear una reacción: ira o decepción. Pero siempre, un gesto la acompaña. Si preguntas por ella, despertarás sus sonrisas. No se la creen, casi no la han vivido, no saben lo que es. “Nunca llegará a Sudán del Sur y, si lo hace, será para esfumarse otra vez”.

Todos huyen. Todos están muertos de miedo. Muchos tienen hambre. Perdieron sus cazuelas, sus gallinas, sus colchones, su ropa, sus vacas, su vida. Todos sueñan con una paz de la que no se fiarán. Porque en este país la paz nunca ha cumplido su palabra. Las mismas historias se acumulan unas sobre otras, años tras años, conflicto tras conflicto. Las mismas historias se repiten hasta el punto de poder inmunizar.

Hasta que escuchas a Nyantuc, hasta que observas su mirada perdida anclada en ese otro sitio.

Y suena la voz de niño de Luka, y sus ojos reconocen con timidez que sí, que aunque ha tenido que crecer muy rápido, aquel día tenía miedo, “muchísimo”. Tanto que se escondió, se acurrucó, y esperó entre los pastos. Cerró los ojos para que todo pasase. El miedo no se terminó. Sigue soñando con ello. Piensa que un día “el enemigo” volverá.

Hasta que ves a Rebecca tratando de evitar las lágrimas cuando recuerda uno de los pocos momentos en los que se siente feliz: “Cuando vuelven mis niños del colegio y me cuentan qué han hecho, qué tienen de deberes, cuando veo que aprenden”. Hasta que observas cómo mira de un lado a otro, nerviosa, cuando cuenta que tiene a dos de sus hijos atrapados en un lugar rodeado por la guerra.

Hasta que ves la sonrisa de María, radiante, antes de exigir a la comunidad internacional, sentada en un tronco en medio de un asentamiento aislado de Sudán del Sur, que actúen para que sus niños puedan ir a la escuela. Momentos después de admitir que ella ya se ha rendido, pero que se niega a que sus hijos deban hacerlo en un futuro.

Porque no se cree la paz, pero la espera.

Fuente: Víctimas olvidadas

 

visitas

Palabras clave de la nota



Si te gustó, te invitamos a compartirla


Comentarios
Tendencias
Podes seguir leyendo…
Palestina día a día
1280 720
Ocupación Palestina
El horror de la guerra
1280 720
Ocupación Palestina
El horror de la guerra