Tue 12 de February de 2019 Curiosidades

"Una eterna sala de espera": Los olvidados en la salud pública de Argentina

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Sin familiares que los visiten, y con la dificultad para acceder a un refugio adecuado, muchos pacientes en estado de abandono permanecen durante años en hospitales estatales.

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"Una eterna sala de espera": Los olvidados en la salud pública de Argentina

La punta del cuchillo a la altura de su garganta. Sus propias manos empuñando con tosca fuerza hacia dentro. La sangre espesa, lenta, en el piso. Un cuerpo que cae desvanecido y solo. Completamente solo. Pero si a Ramón, de 41 años, le preguntan cuál es su último recuerdo ─antes de intentar suicidarse y pasar más de dos años postrado en una cama de hospital en Buenos Aires, abandonado por su familia, expuesto a enfermedades y sin un refugio adecuado dónde ir─, él dirá que son sus hijas de 6 y 4 años.

También recordará a sus padres, a quienes quisiera volver a abrazar. Hablará de las tardes jugando al fútbol, los fines de semana, junto a su sobrino y los amigos de la localidad de Laferrere donde solía vivir. De su trabajo como seguridad privada en un centro comercial de la misma zona. De su ex pareja, madre de sus hijas.

Pero hoy, Ramón, recostado sobre la cama de un cuarto opaco y sin acompañamiento, aguarda por dos cosas: un refugio subvencionado por el Estado donde puedan recibirlo o la muerte que intentó buscar en 2016 y lo trajo hasta un hospital público.

No hay una estadística oficial en Argentina que indique el número de personas abandonadas en los centros hospitalarios. Algunos ingresan como pacientes sin documentos de identidad y en situación de calle. Otros, en cambio, son dejados a su suerte por familiares que se niegan a acompañarlos. Todos deben someterse a una eterna espera hasta encontrarles un lugar donde puedan alojarlos y volver a empezar.

Imagen ilustrativa / Friso Gentsch / www.globallookpress.com

 

Mientras tanto, pueden permanecer durante años dentro del hospital, volviéndose parte del paisaje cotidiano: caminando por los pasillos blancos, saludando a doctores y personal de mantenimiento, cruzándose con pacientes que solo van a un chequeo de 15 minutos. Pero también se encuentran expuestos a virus intrahospitalarios que pueden costarles la vida.

Dentro del hospital

Desde el 2015, el hospital 'Simplemente Evita', ubicado en La Matanza, la localidad más extensa y populosa de Buenos Aires, recibió 101 pacientes en estado de abandono. Los casos oscilaban entre personas que vivían en la calle, pacientes psiquiátricos o, como el caso de Ramón, un hombre solo que hoy vive allí sin recibir ninguna visita y a la espera de encontrar un lugar.

Lorena González, trabajadora social del hospital y encargada de encontrarle un hogar a los pacientes, explica que han tenido casos de personas que permanecieron hasta por cinco años viviendo en el centro hospitalario. 

"No hay ninguna norma que estipule una cantidad mínima de tiempo que deban permanecer dentro. Se trata siempre de buscarles un refugio lo antes posible y acorde a sus necesidades, pero es un trámite que puede llevar su tiempo. A veces por las condiciones del paciente, otras porque simplemente no hay lugar en los alojamientos estatales o se demora judicialmente su traslado, por lo que terminan instalados acá", señala la especialista en diálogo con este medio. 

"Simplemente Evita" de Gonzalez Catan. / Facundo Loduca / RT

 

Los requisitos para ingresar a los refugios que pertenecen al distrito suelen ser burocráticos: condiciones como la edad, la movilidad o el grado de avance de una enfermedad acortan las posibilidades de encontrar un sitio. Después, cuando se cumple con lo necesario, se verifica la cantidad de cupos disponibles. La provincia de Buenos Aires posee una de las crisis habitacionales más extensas del país, lo que también imposibilita el acceso a un lugar.

"Para la Ley, si una persona está en el hospital, a pesar de que no tenga familia, ni recursos, no está abandonada porque es asistida: se le brinda comida y atención médica. Pero uno no puede naturalizar eso. Trabajamos para exteriorizar al paciente y que pueda volver a integrarse a la sociedad. El hospital no puede convertirse en su hogar permanente", afirma González.

La trabajadora social recuerda el caso de un hombre de edad avanzada y en situación de calle, que estuvo siete meses en el nosocomio. Tenía su propia habitación, hacía chistes junto a los médicos y hasta salía a la puerta a fumar un cigarrillo y contemplar el parque. Deambulaba, dicen, como si fuera su propio hogar. 

Imagne ilustrativa / Stefan Klein / www.globallookpress.com

 

"Él podía moverse sin problema. Cuando le conseguíamos a un sitio, se escapaba y volvía a la calle. Venía a visitarnos. Decía que lo habían echado, pero se notaba que había formado cierto lazo emocional con el hospital. Distinto es el caso de, por ejemplo, Ramón, que está imposibilitado de moverse por estar medicado", detalla González. 

Ramón llegó en 2016, luego de un intentó de suicidio con una cuchilla. Los archivos de su expediente hablan de un episodio de celos, una ex pareja, problemas de amor. Aunque en los primeros días de internación mantenía un acompañamiento de algún familiar y la madre de sus dos hijas, hoy está abandonado.

El cuarto no dice mucho. Apenas una ventana enrejada donde destellos de sol clarean el ambiente blanco y gris. No hay televisión, ni radio, solo dos camas. En una, recostado inmóvil, con apenas unos balbuceos, Ramón confiesa lo primero que va a hacer cuando se recupere: ir a abrazar a sus dos hijas.

Imagen ilustrativa / Jochen Tack / www.globallookpress.com

 

"Las extraño a ellas y a mis padres. Fue un exceso lo que hice, estuve mal. Yo trabajaba como seguridad en un centro comercial, jugaba al fútbol en el barrio los fines de semana, miraba los partidos de River Plate. Me gustaría volver a eso", dice el hombre mientras al lado se enfría su desayuno: Té con vainillas.

Respecto de su estadía en el hospital, asegura que le gustaría tener un compañero de habitación, "un amigo". Así, señala, podría charlar con alguien, al menos, y sentirse menos solo.  

María Zarza, jefa del equipo de trabajadoras sociales del 'Simplemente Evita', agrega que así como se abandonan personas, también las familias suelen dejar los cuerpos una vez que fallecen. Desconocidos, y como si nunca hubieran existido, los óbitos se entierran en parcelas de cementerios estatales.

Cementerio Chacharita en Buenos Aires. / Flicker / @Camilo Henao

 

"Los dejan acá porque no quieren hacer los trámites debido a que se encuentran viviendo en otras provincias o si hay que pagar algunos costos, dado que a veces son familias humildes. Eso habla de la importancia que tuvo para su círculo íntimo. Muchos mantuvieron relaciones conflictivas, pero es fuerte no querer ni siquiera enterrarlo", confiesa Zarza. 

El curioso caso de Miguel Baldoni

El Hospital Paroissien es uno de los centros públicos de salud más grandes de La Matanza. En 2017, reportaron nueve casos de abandono que al día de hoy buscan trasladar a un refugio. Pero fue hace diez años que el hospital recibió a un paciente sin familia, ni documentos, que encontró en el lugar y sus trabajadores lo que muchos en esas condiciones necesitan: una familia.

Es el año 2008 y a Miguel Baldoni, de 45 años, le duele el pecho. Está agitado, le cuesta respirar normalmente. "Los pulmones", le dice el médico cuando decide entrar al Paroissien para que lo revisen: "La dificultad para respirar que tiene viene de su deficiencia pulmonar", le explica el doctor, que opta por dejarlo internado en observación. Pero aquella primera noche se convirtió en muchas más: se quedaría por diez años viviendo allí hasta el último día de su vida.

"Su caso no fue para nada común. Era muy amable y sensible. Rápidamente formó una conexión con el lugar. No quería irse. Cada vez que encontrábamos un refugio, se enfermaba porque rechazaba la idea de salir. Esta fue su casa", confiesa Macela Belforte, jefa de asistencia social del Paroissien.

Hospital Paroissien de La Matanza. / Google maps

 

Sin hogar propio, ni familia, comenzó a integrarse rápidamente en el hospital, mientras aguardaba por un sitio al cual ir. Con el pasar de los años, su figurada alta y espigada, de ojos claros, se volvió cotidiana en los pasillos del hospital. Médicos, enfermeras y otros trabajadores lo saludaban por su nombre de pila y, a veces, ayudaba en lo que le pedían: "Baldoni, ¿me das una mano para llevar esto?" o "Baldoni ¿sabes dónde está la doctora?", y él respondía siempre que sí.

Durante un tiempo compartió su habitación con un paciente que tenía un perro. Cada noche, la mascota dormía debajo del lecho vecino, custodiando la salud de su dueño. Hasta que un día, Baldoni entró a la habitación y notó que la cama de al lado estaba vacía y recién tendida: su compañero de había muerto y solo quedaba el can. Desde entonces, cuentan en el hospital, el animal y Baldoni no se separaron más. 

"Iban a todos lados juntos. Le puso de nombre 'Bonito Baldoni Jr', muy gracioso. Su salud se iba deteriorando, pero no se separaban. Incluso hizo entrar una veterinaria al hospital para que lo viera. Nunca un paciente tomó tanta pertenencia con el personal de acá", recuerda Belforte. 

Imagen ilustrativa / Jochen Sand / www.globallookpress.com

 

En el 2015, Baldoni sufrió una fuerte afección en sus pulmones —producto de un virus intrahospitalario— y falleció en su cuarto. Su perro, 'Bonito', lo esperó hasta el último día debajo de la cama. 

"El lugar que le dio una familia es el que lo termina enfermando. Aguantó demasiado. Hemos tenido casos que solo viven meses al entrar acá. Pero lo vimos siempre feliz. Su partida la sentimos todos y se realizó una colecta para cubrir los gastos del entierro", narra la asistente social. 

La búsqueda de una hija

Martín, de 40 años, llegó al Paroissien en 2013 producto de un accidente en su motocicleta, mientras manejaba sin casco por La Matanza. El duro choque generó una herida profunda en su cráneo que lo derivó a una operación de urgencia. Al terminar, según los registros médicos, Galeano no recordaba nada de su vida: ni quién era o con quién vivía, mucho menos a dónde iba con su motocicleta. Sin portar, además, con algún documento que esclarezca su identidad —y con una amnesia profunda—, se lo consideró en 'estado de abandono'.

Pero a fines del año anterior, luego de cinco años, una mujer se presentó con ojos llorosos a la oficina de asistencia social: era la hija de este hombre que, entre lágrimas, confesaba que su familia le había confirmado —falsamente— la muerte y el entierro de su padre. 

"Imaginate cómo nos pusimos. No entendíamos nada. Obviamente su padre no la reconoció y ella se quedó muy angustiada. No había quedado conforme con la historia de su muerte, así que fue a buscarlo a diferentes hospitales de la zona hasta que lo encontró acá. Pero física y mentalmente, él ya no era su padre", cuenta Belforte.

Calles de La Matanza, provincia de Buenos Aires. 9 de octubre del 2015. / Eitan Abramovich / AFP

 

Actualmente, se le están realizando los trámites como documento y certificado de discapacidad para trasladarlo a un centro de atención psiquiátrica, dado su estado. La hija, explicó a las autoridades del hospital, no podía hacerse cargo.

Última parada: Hogar 'Martín Rodríguez'

Si los pacientes tienen la posibilidad de acceder a un refugio, el hogar 'Martín Rodríguez' —en la localidad de Ituzaingó— es uno de los más reconocidos en la provincia de Buenos Aires y donde habitualmente reciben gente provenientes de distintas instituciones médicas. 

Es el lugar al cual Francisco, de 67 años, llegó hace dos años luego de permanecer un mes internado en el Hospital Policlínico de San Justo, a causa de un accidente cerebrovascular (ACV). Su proceso de ubicación fue rápido. Aunque también lo fue, dice, enterarse de su estado de abandono:

"Mis hijos no podían recibirme en sus casas. Tampoco me quedó algún familiar, así que tuve que darme cuenta de que estaba solo. Antes vivía con mi madre, pero fue internada en un geriátrico y perdió su alquiler. Ahí me di cuenta que, por primera vez, no tenía un techo propio", confiesa, desde un amplio salón en el hogar. 

Policlínico Central San Justo. / Google maps

 

Actualmente, el complejo alberga más de 900 personas en el mismo estado que este hombre. Posee distintos pabellones que diferencian a los pacientes: algunos destinados exclusivamente a mujeres y otros a huéspedes psiquiátricos. Pero él afirma que estaba mejor cuidado en el hospital:

"La atención en el Policlínico fue excelente. Me trataban con mucho cariño. Este lugar no es así. No hay la suficiente cantidad de enfermeras para todos. Hay robos, la comida es mala y los tratos no son buenos", enumera.

Son las dos de la tarde de un día de enero y afuera el sol crispa del calor. Francisco habla pausado, pero claro, sobre sus proyectos a futuro: quiere formar una comisión interna que luche por los derechos de los huéspedes y denunciar lo que ocurre dentro. También lograr adquirir una vivienda propia, aunque no cuente hoy con recursos propios. Antes de terminar, admite su mayor objetivo: "Yo en este lugar", dice señalando con su bastón todo el salón, "no me pienso morir". Y repite: "Acá adentro, a pesar de estar solo, no me quiero morir".

Facundo Loduca

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