Fri 18 de October de 2019 Noticias

La limpieza étnica enterrada: así ocultó Myanmar la masacre de un pueblo

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Los musulmanes rohingya fueron ejecutados, violados y expulsados de sus hogares. Hoy la selva cubre sus rastros.

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La limpieza étnica enterrada: así ocultó Myanmar la masacre de un pueblo

Rohingyas trabajan en una herrería en el campamento de Sittwe, en Myanmar.  Adam Dean. The New York Times
 

 

Dos años después que los musulmanes rohingya fueron ejecutados, violados y expulsados de sus hogares, la selva ha cubierto pueblos enteros. Los sitios de las masacres han sido reemplazados por bases de seguridad. El gobierno de Myanmar (ex Birmania) insiste en que la limpieza étnica nunca existió. Quiso probárnoslo llevándonos al estado de Rakáin, epicentro de la violencia contra los rohingya.

Quizá los funcionarios del gobierno crean su propia propaganda. Quizá pensaron que no quedaba nada que pudiéramos ver. Pero siempre hay algo, por más que trataran de borrar la realidad.

En casi todos los lugares a donde fue nuestro convoy, alguien nos acompañaba. Un custodio, un guardia o un equipo de la televisión estatal, todos hicieron lo suyo para tratar de relatarnos la historia oficial. Nuestra primera escala fue un campo de concentración de rohingya en Sittwe, capital del estado de Rakáin. Unos 120.000 rohingya están aquí desde 2012. Han sido borrados del relato oficial. Myanmar sostiene que la mayoría de los rohingya son inmigrantes ilegales de Bangladesh. Que se vayan a casa, dice el gobierno.

Pero estos rohingya son la prueba de una larga herencia aquí. Médicos, abogados y ex políticos viven olvidados en guetos, como los judíos en la Alemania nazi. Los custodios del gobierno y los guardias armados nos señalaron la basura, que sin servicios sociales, se apila en los campamentos. “Muy sucios”, dijo uno. “Así son ellos”.

Marchamos hacia el norte, adonde tuvo lugar lo peor de la brutalidad contra los rohingya. El gobierno quería mostrarnos las nuevas inversiones que, según dice, transformarán el estado. Prometió que se estaban elaborando planes para repatriar a los rohingya de Bangladesh. Pero lo que vimos fue el vacío, un pueblo desaparecido.

En Inn Din, donde fueron masacrados diez rohingya, había pocas evidencias de su existencia. Pero vimos carcasas oxidadas de cofres de metal donde antes se guardaban los objetos de valor de las familias. Incluso después que la comunidad internacional condenó la expulsión de los rohingya, la quema de aldeas continuó durante semanas y meses. El éxodo siguió.

Los funcionarios nos ofrecieron una conferencia de prensa para describir todas las formas en que el gobierno de Myanmar se preparaba para el regreso de los refugiados rohingya. Mapas, diagramas, presentaciones en PowerPoint: todo inventado.

Sólo un puñado ha regresado, si es que lo hizo. Fuerzas de seguridad con el cabello prolijamente peinado estaban sentadas frente a escritorios, listas para recibir a los rohingya. Pero era una farsa. Cuando salimos del edificio, los funcionarios apagaron las luces. Un generador se sacudió al detenerse. Los hombres se quitaron el uniforme. Las computadoras, que supuestamente documentarían el retorno de los rohingya, nunca se encendieron.

En la escala siguiente, vimos hileras de casas a medio construir. Eran para los rohingya, se nos dijo. ¿Y si no volvían? Un funcionario se encogió de hombros. Si los musulmanes rechazaban la generosidad del gobierno, ¿qué podía hacerse? No había escuelas ni mezquitas ni consultorios. Sólo viviendas vacías cerca de donde había florecido una comunidad rohingya antes de que fuera quemada hasta los cimientos.

Nuestro auto se descompuso y caminamos hasta una aldea rohingya destruida. Pero los guardias fronterizos nos escoltaron de regreso al espectáculo guionado. Mientras recorríamos el paisaje desnudo, de pronto vimos una aldea musulmana completa, el único indicio de la existencia de los rohingya rurales que una vez fue la sangre vital de esta región.

Abrimos las puertas del auto, obligando al conductor, que se había separado del convoy por la falla mecánica anterior, a detenerse. Nos miraba preocupado mientras corríamos hacia los rohingya. El sol estaba poniéndose y los hombres se habían reunido para orar en la mezquita, ritual diario casi olvidado en Rakáin. La aldea de Ngan Chaung era como una cápsula del tiempo de lo que había sido la vida sólo un par de años atrás, antes de que los militares y las turbas budistas llegaran con sus armas y su yesca.

Para cuando volvimos a la ciudad de Maungdaw, estábamos nuevamente en una zona fuertemente militarizada. Montaban guardia fuerzas de seguridad. En una tierra antes dominada por el islam, con el llamado a la oración resonando en toda la ciudad, la fe hoy se centra en pagodas budistas doradas.

Volvimos a contemplar una tierra vacía. No había rohingya aquí.

AIN

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