Fri 24 de April de 2020 Curiosidades

Los olvidados de siempre

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Por Enrique Román para Al Mayadeen.

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Los olvidados de siempre

La pandemia es otra muestra más de uno de los problemas más terribles y cruciales del mundo contemporáneo: la extraordinaria disparidad entre un mundo y otro, entre ricos y pobres. Todos posibles víctimas, pero unos con más posibilidades de enfrentarla, y otros abandonados a su miserable suerte.  

Tom Hanks, el gran actor estadounidense, cayó enfermo de Covid-19 desde el inicio de la pandemia. Ya está restablecido. El príncipe Charles, sempiterno heredero de la corona británica, también enfermó. Seguimos día a día la evolución de Boris Johnson, primer ministro del Reino Unido, en su estancia en la terapia intensiva. Su alta médica fue recibida con sosiego.

New York, la gran urbe, ha sido centro también de las noticias. El gobernador del estado del mismo nombre, Andrew Cuomo, ha sido elogiado por lo consistente de su liderazgo. 

De los casi 800 mil enfermos confirmados de Estados Unidos, New York, una sola ciudad, tiene unos 150 mil, y el estado casi 250 mil  (las cifras no pueden ser exactas; varían, y lamentablemente para agravarse, día a día). Cuomo ha protagonizado una lucha permanente no solo por el control de la enfermedad, sino por la adquisición de los recursos necesarios para enfrentar las necesidades hospitalarias. Solamente contaba con cuatro mil ventiladores, por ejemplo, y dijo requerir 30 mil.

A Cuomo, demócrata, no le han faltado las críticas del republicano Donald Trump. Para Trump, quien no ha perdido tiempo para minimizar los efectos enormes de la pandemia, con cuatro mil ventiladores es más que suficiente. Denigra a Cuomo. Hasta en temas humanitarios aparece la intención electoral.

La polémica y las enfermedades de los famosos han sido noticia de primera plana todos los días.

La otra estadística

Pero tiene usted que hurgar mucho en la prensa cotidiana para conocer otras estadísticas también estremecedoras.

Sudán del Sur, con 11 millones de habitantes (algo menos que la ciudad de New York), tiene cuatro ventiladores. Y cinco vicepresidentes. Liberia, con la misma población, está algo mejor. Tiene seis ventiladores. Bueno, cinco: el sexto está dentro de la embajada de Estados Unidos.

Diez países de África, simplemente, no tienen ventiladores. Y en todo el continente  hay unos cuatro mil, para los hospitales públicos de 41 países. Son datos aparecidos en The New York Times.

Las cifras de enfermos de Covid-19 de África quizás no sean tan relevantes – aunque son seres humanos – porque la movilidad en el continente no es tan alta como en Europa, Asia o Norteamérica.  Pero a diferencia del Ébola, donde el mundo industrializado se contagiaba en África, ahora los visitantes de estos países contagian a los africanos.

Sus cifras aún son discretas, en comparación con el resto del mundo. La enfermedad ha empezado después. Sin embargo, la Organización Mundial de la Salud  alerta que su curva de crecimiento va siendo mayor que la que experimentó Europa.

África puede ser una bomba de tiempo, cuya única ventaja es que enfrentará la crisis con el acumulado de conocimientos que la ciencia, a paso de carga, va reuniendo sobre el enfrentamiento a la enfermedad.

Otro tanto pasa con los refugiados y desplazados.  Según el órgano especializado de las Naciones Unidas, UNHCR por sus siglas en inglés, existen unos 70 millones de personas en estas categorías.  Viven en condiciones difíciles, en las que el hacinamiento y la falta de acceso a recursos esenciales, como el agua potable, son en sí mismosotro tipo de pandemia. 

Para ellos los consejos sanitarios provocan risa. Evitar la proximidad y aislarse, a personas que viven en hacinamiento. Lavarse continuamente las manos para quienes carecen de agua o de jabón. El sitio weforum.org pone en boca de un protagonista el testimonio siguiente: “Se nos pide lavarnos las manos cada veinte segundos. La gente no tiene un lavabo. No tienen agua. No tienen jabón ni pueden comprarlo. El virus está destacando las diferencias entre las personas”. Si antes fue difícil pagar a tiempo obligaciones como alquiler o servicios públicos, ahora, allí donde existen, es una imposibilidad. 

En Estados Unidos. ¿Y América Latina?

En el propio Estados Unidos los inmigrantes tienen situaciones similares y agravantes mayores. Carecen de seguros médicos y los salarios que puedan percibir no les permiten el acceso a las instalaciones de salud. Empleados muchos de establecimientos de servicios (cafeterías, restaurantes, taxistas), se han quedado sin empleo. No pocas de las iglesias a las que pueden acudir en busca de ayuda están cerradas. 

Para los que tienen trabajo más estable, la situación es también compleja. La instrucción de trabajar desde sus casas, por ejemplo, es otro cruel consejo. Según datos del cotidiano británico The Guardian, solo el 16 por ciento de los trabajadores latinos puede hacerlo. Las consecuencias de sus deplorables condiciones son evidentes: el 34 por ciento de las víctimas mortales de New York son latinos. 

Confieso que he pasado mucho trabajo para encontrar estas cifras y estas realidades. No son titulares de primera plana. No son noticias prominentes en los noticiarios.

No lo es tampoco la pobreza, digamos, en América Latina, ni las oscuras perspectivas que la pandemia abre a esta región. 

En el diario Trecani, de Italia, el economista Fernando Ayala, catedrático en la universidad de Zagreb, Croacia, nos remite a datos recientes de la Comisión Económica para América Latina, las que dibujan este futuro casi inmediato:

“De los actuales 185 millones de pobres existentes en una región de 620 millones de habitantes, su número aumentará a 220 millones, y la pobreza extrema crecerá un 67,4 por ciento, es decir llegará a 90 millones de seres humanos, que disponen actualmente solo de un dólar diario para sobrevivir. (Añadimos nosotros: 90 millones, más o menos, es la población de Italia o Francia).

“(Alicia Bárcena, directora de la CEPAL) indica que la actual crisis mundial se diferencia de la financiera del año 2008, porque afecta a “las personas, la producción y el bienestar”. Al lento crecimiento económico de los últimos siete años de la región, se ha sumado la pandemia que ya comienza a mostrar las primeras consecuencias con una fuerte caída de los precios de sus exportaciones de materias primas, minerales y productos agrícolas como la soya, que se envían a los mercados chino, estadounidense y europeo, principalmente.”

Es decir, que aun cuando pase la pandemia – y nadie sabe cuándo será - , todo indica que lo peor estará por venir. 

La ética de la desigualdad

La pandemia es otra muestra más de uno de los problemas más terribles y cruciales del mundo contemporáneo: la extraordinaria disparidad entre un mundo y otro, entre ricos y pobres. Todos posibles víctimas, pero unos con más posibilidades de enfrentarla, y otros abandonados a su miserable suerte.  

Es, por último, un gran alerta del fracaso del modelo neoliberal, esencia de la desigualdad apuntada. El sacerdote y pensador brasileño Frei Betto lo resume:

“La pandemia desmoralizó el discurso neoliberal sobre la eficiencia del libre mercado. Como en crisis anteriores, se recurrió al papel interventor del Estado. Los países que han privatizado el sistema de salud, como los Estados Unidos, enfrentan más dificultades para contener el virus que los que disponen de un sistema público de atención a los enfermos.

“Sin embargo, hay quienes no aprenden nada con la crisis, como los que, a contrapelo de la ética y de los más universales principios religiosos, consideran que es más importante salvar las ganancias de los bancos y las empresas que las vidas.”

 

Por Enrique Román para Al Mayadeen.

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