Jue 25 de noviembre de 2021 Conocer Más

La educación y la civilización en el Islam

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Dijo Alí Ibn Abi Talib: «No hay riqueza comparable a la razón, ni pobreza que se iguale a la ignorancia, ni herencia como la cultura, ni ayuda como el mutuo consenso» (Nahyul Balagha, “Las cimas de la elocuencia”).

 

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La educación y la civilización en el Islam

  El origen de la educación y la civilización en el Islam fue la imitación de las costumbres, consejos y tradiciones (Sunna) del Santo Profeta del Islam que eran una extensión de los principios y mandatos contenidos en el Libro por Excelencia, el Sagrado Corán, emanados de la Revelación del Graciabilísimo, Misericordiosísimo. Entre sus dichos alusivos a la educación y la enseñanza figuran aquellos que dicen: «Hacer la ciencia accesible a todos es alentar a cada uno a instruirse» e «Instruirse en la juventud es grabar sobre la piedra».

   La enseñanza empezaba tan pronto como el niño aprendía a hablar; enseguida se le enseñaba a decir: «No hay otro Dios más que Dios, y Muhammad es su Mensajero». A la edad de seis años entraba en una escuela elemental, instalada usualmente en una mezquita, a veces junto a una fuente pública al aire libre. La instrucción era normalmente gratuita y el programa muy simple: las cinco plegarias diarias obligatorias para todo musulmán, lectura suficiente para descifrar e interpretar el Sagrado Corán y, por lo demás, el mismo Corán como teología, historia, ética y derecho.

   Cada día el alumno debía aprender de memoria y recitar en voz alta una parte del Corán; la meta que se señalaba a todos los estudiantes era saber de memoria las 114 suras o capítulos. El que lo conseguía era llamado hafiz (memorizador), y era reconocido públicamente. El que también aprendía la escritura, la arquería, montar a caballo y la natación era llamado al-kamil (el perfecto). El método era la memoria, la disciplina era una combinación de rigor, perseverancia e idoneidad. Un soberano musulmán del siglo VIII advertía al preceptor de su hijo con estas palabras: «No seas tan estricto que sofoques sus facultades, ni tan indulgente que llegues a acostumbrarlo al ocio. Enderézalo tanto como puedas mediante la bondad y la dulzura, pero no dejes de recurrir a la severidad si él no corresponde».

   La enseñanza elemental tendía a la formación del carácter; la secundaria a la trasmisión de conocimientos. Al programa teológico fundamental se añadían gramática, filología, retórica, literatura, lógica, matemáticas y astronomía. Se insistía en la gramática, pues se consideraba el árabe, de todos los lenguajes, el más próximo a la perfección, y la corrección en su empleo era el sello principal del caballero musulmán.

   El maestro era más importante que el texto, excepto en el caso del Sagrado Corán; los niños estudiaban más a los hombres que los libros; y había estudiantes que viajaban de uno a otro extremo del mundo islámico para experimentar la mente de un maestro famoso. El elemento esencial en la educación islámica era el mudarrés, un hombre de reconocida autoridad en religión y ciencias espirituales. El podía ser un especialista en un campo determinado; pero todos los estudiantes debían primero aprobar las ciencias religiosas.

   Todos los doctos que deseaban gozar de reputación en su tierra debían ir a escuchar a los grandes sabios de La Meca, Medina, Bagdad, Damasco, Córdoba, Merv, Samarkanda y El Cairo. Esta internacional de las letras era facilitada por ser el árabe en todo el Islam (por diversos que fueren sus pueblos) la lengua del saber y la literatura. Cuando un visitante entraba en una ciudad musulmana, daba por supuesto que podría oir una docta conferencia en la principal mezquita a casi cualquier hora del día. En muchos casos el escolar errante recibía no sólo enseñanza gratuita en la madrasa (escuela religiosa), sino también, por cierto tiempo, alojamiento y comida gratuitos.

   No se daban títulos para colgarlos de la pared, como hoy día; lo que el estudiante musulmán buscaba era un certificado de aptitud de su maestro. El espaldarazo final era la adquisición del adab, o sea, el comportamiento correcto, los modales y gustos delicados, el ingenio verbal y la gracia, la ética, las prácticas piadosas, el saber sin ínfulas del caballero musulmán.

   El contacto de los musulmanes con la cultura griega en Siria en el siglo VII despertó en ellos una poderosa emulación y profundo interés de los parámetros de la civilización helénica. Cuando los musulmanes entraron en Samarkanda (712), en el actual Uzbekistán, aprendieron de los chinos numerosos portentos y oficios, como la técnica de convertir en pulpa el lino y otras plantas fibrosas y de secar la pulpa en hojas delgadas. Introducido en el Cercano Oriente como sustitutivo del pergamino y el cuero en una época en que el papiro no estaba todavía olvidado, el producto recibió el nombre de pápyros, del que derivó la palabra papel.

   La primera fábrica de papel del Islam fue inaugurada en Bagdad, en 794. Este arte fue llevado por los musulmanes a Sicilia y a al-Ándalus (España musulmana) y de allí pasó a Italia y Francia. Hallamos el papel en uso en Egipto en 800, en España en 950, en Sicilia en 1102, en Italia en 1154, en Alemania en 1228, en Inglaterra en 1309. El invento difundido gracias al Islam facilitaba la confección de libros dondequiera que llegase. Al-Ya’qubi nos dice que en su tiempo (891) Bagdad tenía más de cien libreros.

   Este hecho constituyó un momento decisivo para la expansión de la cultura universal, que por primera vez se pone al alcance de millones de personas cuando a partir del siglo X, los molinos musulmanes del río Guadalquivir (en árabe uadi al-kabir “el río grande”), molían trapos para hacer pasta de papel portadora de libros. El término árabe rizma (fardo de papeles) hizo surgir la palabra española «resma».

   El Islam siempre es equilibrio y armonía. Por eso, en el Sagrado Corán podemos leer: «No cabe coacción (imposición) en religión. La buena dirección se distingue claramente del descarrío» (Sura 2, Aleya 256), lo cual constituye un declaración de la libertad religiosa y del pensamiento emitida hace más de XIV siglos. Según este principio fundamental, la educación y la enseñanza deben ser impartidas con amor hacia los semejantes, apelando permanenentemente a la pedagogía, a la idoneidad y la comprensión, nunca a la arbitrariedad y la compulsión.

La lección de Ibn Jaldún

   Dice el eminente historiador y sociólogo Ibn Jaldún (1332-1406): «El uso de un excesivo rigor en la enseñanza es muy nocivo para los educandos, sobre todo si están todavía en la infancia, porque eso produce en su espíritu una mala disposición, pues los niños que se han educado con severidad... se hallan tan abatidos que su alma se contrae y pierde su elasticidad. Tal circunstancia los dispone a la pereza, los induce a mentir y a valerse de la hipocresía, con el fin de evitar un castigo. De este modo aprenden la simulación y el engaño, vicios que se vuelven en ellos habituales y como una segunda naturaleza... He aquí el por qué los pueblos sometidos a un régimen opresivo caen en la degradación» (Ibn Jaldún: Al-Muqaddimah, Op. cit., p. 1003).

La Casa de la Sabiduría

   El soberano abbasí Harún ar-Rashíd (766-809) estableció la biblioteca llamada Jazanat al-Híkma (la Alacena del Saber), que fue dirigida por letrados competentes y dedicados.

   Su hijo al-Maimún (786-833) fundó hacia 832 en Bagdad la «Casa de la Sabiduría» (Bait al-Híkma). Esta institución, financiada por el erario público (Baitul Mal), se destinó a la traducción de manuscritos griegos, helenísticos, y también persas, siríacos y sánscritos, que versaban sobre ciencias antiguas, especialmente filosofía y ciencias naturales. Su primer director fue el sabio cristiano Hussain Ibn Ishaq (708-772) de al-Hira (Irak), una prueba más de las altas jerarquías que alcanzaron cristianos y judíos en la Edad de Oro del Islam. Además de dos observatorios astronómicos, la «Casa de la Sabiduría» contaba con una gran biblioteca, gestionada por bibliotecarios profesionales, que acogía a traductores y copistas de manuscritos, salas de lectura y comedores.

   Por aquella época casi todas las mezquitas poseían biblioteca, y algunas ciudades tenían bibliotecas públicas de considerable contenido y generosa accesibilidad. Hacia 950 Mosul (Irak) tenía una biblioteca, establecida por la filantropía privada, donde se suministraba papel a los estudiantes, además de libros. Se necesitaron diez largos catálogos para registrar los volúmenes de la biblioteca pública de Rey (cerca de la actual Teherán, Irán). El geógrafo Yakut pasó tres años en las bibliotecas de Merv y Juarizm, reuniendo datos para su diccionario geográfico.

   Sabido es entre los hombres de ciencia y erudición que los musulmanes desde siempre han mostrado por los libros el mayor de los celos y los cuidados. Estaban y están más orgullosos de sus bibliotecas que de sus armas, palacios o jardines. Durante el siglo X, en la Baja Edad Media, cuando los castillos de los príncipes cristianos tenían bibliotecas de diez volúmenes, mientras no excedían de treinta a cuarenta las de los monasterios más famosos por su ciencia, como los de Cluny (Francia) y Canterbury (Inglaterra), la de los califas de Córdoba alcanzaban a cuatrocientos mil ejemplares.

   El islamólogo holandés Reinhart Pieter Anne Dozy (1820-1883), en su pormenorizado trabajo Historia de los musulmanes en España (Ediciones Turner, Madrid, 1984, 4 vols.), dice: «En al-Andalus casi todo el mundo sabía leer y escribir, mientras que en la Europa cristiana, a menos que no pertenecieran al clero, no sabían» (vol. IV, p. 42).

   Una red de «Casas de la Ciencia» y de bibliotecas públicas en las que investigaban becarios se extendía por Bagdad, al igual que por Mosul, Basora, Shiraz, Damasco y Alepo, y lo mismo sucedía en Egipto.

   El sabio persa Nizam al-Mulk (1018-1092), autor del Seyasak Nameh (“Libro del gobierno”) y visir de los sultanes selyúcidas Alp Arslan (1063-72) y Malik Shah (1072-92), fundó una célebre madrasa en Bagdad en 1067.

   En 1234, el califa abbasí al-Mustansir transfirió una parte de sus libros, ochenta mil volúmenes, a la madrasa (escuela religiosa) al-Mustansiriyya, que él mismo había fundado en Bagdad.

La Casa de la Ciencia

   No menos brillante era en el siglo X la Dar al-Ilm (Casa de la Ciencia) de los fatimíes shiíes, en el Cairo, con sus cuarenta salas repletas de libros, entre los que destacaban las dieciocho mil obras helenísticas sobre ciencias naturales y filosofía. Estaba financiada en parte por los recursos del Estado y en ella estaban representados todos los dominios del saber. A los lectores se les proporcionaba pluma, papel y tinta, y los bibliotecarios y los investigadores ¡percibían incluso un salario! El califa fatimí al-Hakim (que gobernó entre 996-1021) le añadió una academia en 1005 (Véase Salem Himmich: El loco del poder, Colección al-Quibla, Libertarias, Madrid, 1996). También, los buyíes shiíes establecieron en Bagdad un observatorio astronómico en 988 y una «casa de la ciencia» en 991 (cfr. Paul Benoit y Françoise Micheau: ‘¿El intermediario árabe’, en Michel Serres, Historia de las Ciencias, Cátedra, Madrid, 1991, pp. 174-201; David Cosande: Le Secret de L’Occident. Les mécanismes de l’evolution scientifique en Islam, Arléa, París, 1997, pp. 151-183).

La Universidad de al-Azhar

   En 988 el visir Yakub Ibn Kilís persuadió al califa fatimí al-Aziz (que gobernó entre 975-996) a que proporcionara enseñanza y manutención a treinta y cinco estudiantes en la mezquita al-Azhar (‘la Resplandeciente’, llamada así en honor y memoria de la hija del Profeta del Islam, Fátima az-Zahra, que vivió entre 605-632), fundada en 970; así empezó a funcionar una de las dos más antiguas de las universidades islámicas aún existentes. La otra tiene que ver con la mezquita de Qarawiyyín en Fez (Marruecos), que fue fundada en 857 y en la que a mediados del siglo X comenzó a funcionar en su ámbito una universidad que hoy sobrevive. Originalmente shií, la universidad islámica de Al-Azhar en Egipto tiene hoy unos veinte mil universitarios y cuatrocientos profesores. Desde 1962 posee un colegio femenino al que asisten actualmente más de dos mil alumnas.

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